Por Prof. Dr. José Maria Ramírez Moreno – Disciplinas médicas (Neurología).
Imagen creada mediante IA (DALL.E 2024, 11-02) que ilustra la evolución del diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer desde síntomas visibles hasta biomarcadores biológicos.
«Nuevos hechos queman viejas reglas, y la ciencia, como la vida, se alimenta de su propia descomposición», decía el filósofo William James. Esta afirmación, con su toque casi poético, encapsula la naturaleza evolutiva de la ciencia y la medicina. Los avances científicos no solo iluminan nuevos caminos, sino que también obligan a reescribir y cuestionar los paradigmas establecidos. Pocas áreas han ejemplificado esta transformación tan claramente como el campo del diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer. Lo que alguna vez fue un proceso clínico basado en la observación de síntomas visibles ha dado paso a un enfoque biológico más profundo, redefiniendo cómo se entiende y se aborda esta compleja enfermedad neurodegenerativa.
Recientemente un artículo titulado «Alzheimer Disease—What’s in a Name?» de Petersen, (JAMA 2024) abordaba cómo la definición y compresión de la enfermedad de Alzheimer (AD) ha evolucionado con el tiempo, pasando de un enfoque centrado en criterios clínicos a uno basado en la biología subyacente de la enfermedad. Esto ha obligado a una revisión periódica y profunda de los criterios diagnósticos clásicos de 1984 (National Institute of Neurological and Communicative Disorders and Stroke – Alzheimer’s Disease and Related Disorders Association). Históricamente entendida y diagnosticada desde un punto de vista clínico, donde los síntomas como la pérdida de memoria y el deterioro cognitivo eran la base del diagnóstico; los avances recientes han revolucionado este enfoque, desplazándolo hacia una definición mas biológica. Este cambio está transformando tanto la forma en que se identifica la enfermedad como su manejo y potencialmente su tratamiento.
Tradicionalmente, los criterios diagnósticos de AD se basaban en la observación de síntomas clínicos una vez que el deterioro cognitivo se manifestaba de forma evidente. Sin embargo, esto limitaba las oportunidades para una intervención temprana, ya que la enfermedad ya estaba avanzada cuando los síntomas se hacían patentes. Gracias al desarrollo de biomarcadores avanzados, la comunidad científica ha comenzado a redefinir la enfermedad de Alzheimer no solo como un síndrome clínico, sino como un proceso biológico que puede ser detectado antes de que aparezcan los síntomas.
Los nuevos criterios diagnósticos de 2024 reconocen a la AD como un continuo que comienza con cambios neuropatológicos asintomáticos detectables mediante biomarcadores como la PET de amiloide y tau, y marcadores en líquido cefalorraquídeo y plasma. La detección temprana de fragmentos específicos de tau fosforilada (p-tau 217, 181 y 231), junto con los estudios de PET, permite establecer el diagnóstico de AD antes de que se presenten síntomas cognitivos. Esta definición biológica marca un punto de inflexión en el diagnóstico, ya que implica que los síntomas no son necesarios para identificar la enfermedad, sino que reflejan una etapa avanzada de un proceso que puede haber comenzado décadas antes.
Una de las repercusiones más significativas de este cambio es la capacidad de identificar a personas en riesgo que aún no muestran signos clínicos evidentes. Por ejemplo, individuos con resultados anormales en biomarcadores como el PET de amiloide o análisis de p-tau en líquido cefalorraquídeo positivos, pueden ser diagnosticados con AD en etapas preclínicas. Esto permite un enfoque preventivo en el manejo de la enfermedad, orientado a intervenir antes de que se manifiesten síntomas irreversibles. Sin embargo, este enfoque también plantea retos éticos y psicológicos, ya que las personas asintomáticas enfrentan el dilema de conocer un diagnóstico para el cual aún no hay cura definitiva.
Se puede llegar a dar mas información, incluso pronostica, por ejemplo si los biomarcadores como PET de tau y otros fragmentos de tau en líquidos biológicos, proporcionan información adicional sobre progresión y gravedad de la enfermedad. Estos permiten predecir la velocidad de avance en individuos sintomáticos y el riesgo de progresión en aquellos sin síntomas.
La identificación temprana y precisa de la AD mediante biomarcadores ha ampliado la comprensión de la enfermedad, permitiendo diferenciarla de otras patologías que pueden causar síntomas similares, como la demencia frontotemporal o la enfermedad de Parkinson.
En conclusión, la transición de un diagnóstico clínico a uno biológico en la enfermedad de Alzheimer ha supuesto un cambio paradigmático en la medicina. Esta redefinición permite no solo un diagnóstico más temprano y preciso, sino también una mejor estratificación de los pacientes y una planificación de tratamientos más informada. No obstante, también subraya la necesidad de un enfoque ético y compasivo que tenga en cuenta las implicaciones para los pacientes y sus familias, algo que aun está pendiente y que indica la importancia de un enfoque humanista de la patología.
Referencias:
Petersen RC, Mormino E, Schneider JA. Alzheimer Disease—What’s in a Name? JAMA Neurol. Published online November 01, 2024. doi:10.1001/jamaneurol.2024.3766
Jack CR Jr, Andrews JS, Beach TG, et al. Revised criteria for diagnosis and staging of Alzheimer’s disease: Alzheimer’s Association Workgroup. Alzheimers Dement. 2024 Aug;20(8):5143-5169. doi: 10.1002/alz.13859.