Prof. Doctor Agustín Muñoz Sanz / Sillón 4 de la Academia. Disciplinas Médicas (Patología Infecciosa)
Esta colaboración se ha hecho para y saldrá publicada en el número 15 del Cuaderno para el debate y la Acción (marzo-abril 2025), ahora en imprenta. Ante la evolución del brote de sarampión que afecta a Texas y New Mexico en los USA, el prestigioso periódico The New York Times publica hoy un artículo de la famosa periodista Zeynep Tufekci: «The Texas Measles Outbreak Is Even Scarier Than It Looks. El brote de sarampión es aún más aterrador de lo que parece. Puede que Kennedy no esté preocupado pero todos los demás deberían estarlo» Feb. 28, 2025, 5:04 a.m. ET).
La vejez y el envejecimiento son dos conceptos que se confunden a menudo. No son lo mismo: la primera indica un periodo de la vida que comienza alrededor de los 60 o 65 años (varía según las culturas, economías y países). Es una etapa en la que concurren cambios físicos, emocionales, psíquicos (cognitivos), afectivos, sociales y, en muchos casos, de la calidad de vida. El envejecimiento es un proceso biológico (molecular, celular, tisular) programado mucho antes de la vejez pues comienza en el momento de nacer. No se nace con un pan debajo del brazo, sino con un reloj de arena que tiene grabado en el receptáculo de arriba el lema “Tempus fugit” (Virgilio, Geórgicas, libro III), a modo de despedida de los granos que caen, y en la peana en que se apoya el receptáculo inferior “Todas hieren, la última mata” (“Vulnerant omnes, ultima necat”), la sentencia latina que tanto gustó al médico y literato don Pío Baroja (1872-1956).
El envejecimiento no es un periodo concreto de la vida, sino el transcurso de la biografía de todos los seres vivos. Se envejece tanto como se vive. Si lo llevamos al ámbito ferroviario, la vejez es la estación final donde está la terminal (muerte). El envejecimiento es el viaje que parte de distinto origen (el nacimiento) para, con distinta velocidad, llegar al destino final montado en el borreguero de Extremadura (lento e incierto), en el cercanías Barcelona-Sans (rápido y repetitivo) o en el AVE Sevilla-Madrid (muy rápido y puntual, aunque superado por los trenes bala chinos y japoneses: siempre hay alguien que nos supera). Un variado catálogo, como es la vida misma.
En verdad, la infancia y la vejez —en apariencia tan alejadas— están más cerca, en el tiempo, de lo que uno se puede pensar. El hecho de enfermar ocurre durante todo el envejecimiento, es decir, durante toda la vida: desde un catarro nasal infantil precoz, de guardería, hasta una demencia de tipo Alzheimer que asienta en los barbechos cerebrales de los mayores y muy mayores. Es público y notorio que la vejez es un momento de la vida en la que, si concurren determinadas circunstancias genéticas y ecoambientales (dieta, tóxicos, inactividad física, factores de riesgo cardiovasculares y neoplásicos) pueden florecer determinadas enfermedades “propias” de la vejez (la vejez no saludable), aunque son, en gran parte, prevenibles (la vejez saludable).
Las enfermedades de los viejos.
Ciertas enfermedades pueden concurrir en la vejez. Es algo muy conocido. Lo explica mejor un señor que sabe de esto y de muchas más cosas. O así lo cree él. Escuchemos (o leamos) el discurso del erudito:
—Como ejemplos paradigmáticos de patologías asociadas a la vejez, sirvan de ejemplos la hipertensión arterial, la hipercolesterolemia en todas sus variantes genéticas y dietéticas, la diabetes mellitus tipo 2 o de la madurez y las consecuencias cardiovasculares catastróficas de las anteriores (infartos de miocardio e ictus cerebrales). Sin olvidar la gripe estacional y el covid-19 pandémico. También florecen y abundan diversos tipos de tumores de tropismo masculino (próstata) y/o femenino (mama, cuello cervical) o de ambos (pulmón, colon, páncreas), los trastornos cognitivos tipo Alzheimer y otros, o la enfermedad de Parkinson. Más las fatídicas caídas debidas a inoportunos mareos, resbalones en la ducha o tropezones callejeros —¡Ay, esas malditas aceras, señores alcaldes! —con fractura de una cadera o del colodrillo: es un accidente doméstico que puede significar el comienzo de la cuenta atrás para acabar el viaje.
El consuelo es que se trata de un problema que se puede prevenir al saber que ocurre, o se ve muy favorecido, por la asociación malvada de la sarcopenia (la pérdida de la masa muscular estriada por sedentarismo) y la osteoporosis (pérdida de la masa ósea, más acentuada en la mujer menopáusica), ambas alentadas por la inactividad física y el sedentarismo. Hay que moverse. La actividad física es la mejor garantía de una vejez saludable, según dice, como mucho amor, un médico de provincias en el Diario HOY de Badajoz (14 de febrero de 2025, día de San Valentín).
—Es muy interesante y conmovedor lo que usted dice, caballero, pero ¿no se olvida de algo?
—¿Sí? ¡Uy, qué raro! —interrumpió el interpelado, con cierto tono socarrón, seguro de que no había dejado cabos sueltos en su análisis epidemiológico de las patologías crónicas de la vejez. El caballero no es geriatra, pero escucha regularmente el programa radiofónico del periodista Del Pino, los domingos, en la cadena Ser. Añadió, fingiendo humildad franciscana— Aunque es posible, señora, que me haya quedado corto, como el Maltés, porque yo —ahora habla subiendo notablemente el volumen de su parlar, con disimulada intención coercitiva— solo he destacado las condiciones más frecuentes e importantes por sus consecuencias: la gravedad, los ingresos hospitalarios, las secuelas, las muertes y, un dato nada despreciable, el enorme coste económico, social y sanitario. Además de …
La señora, muy leída e informada, antigua jefa de la Sección Femenina y actual seguidora y devota de la COPE, además de viuda de un militar desde veinte años antes, le espetó al erudito, con cierta mala leche, tirando a agria:
—Ya, ya. Es cierto —introduciendo una buena dosis de ironía— “profesor”. Pero no se me despiste haciéndome un “Me alegro de que me haga esa pregunta…” para contestarme o contestarse pues, más que hablar conmigo, parece que lo hace con su ombligo: “Tiene usted razón, pero no hay que sacar las cosas de su contexto”, como dicen a diario los comegambas mantenidos y los mentirosos parásitos a sueldo del sistema cuando les interroga magistralmente mi Carlitos… —probablemente se refiere al comunicador radiofónico Carlos Herrera— o el juez instructor.
—Mejor es preguntar que interrogar, señora, según dijo Confucio…
—¡Con-fu-si-ón! Lo que hay es mucha confusión… “Coñe.” ¡Interroga, “joé”! He dicho in-te-rro-ga, no preguntar: se pregunta a las personas decentes. Se interroga a los delincuentes como ese tal… ¡He dicho!
—Vale, me rindo, Madame: Entonces, ¿de qué me he olvidado?
—Del sarampión.
—¡Host…! Perdón… Quiero decir: ¡Ostras! ¿Queeé…? ¿Sarampión? ¡Ay, que me muero “tó” … ¡Un médico, un médico, por favor…! ¡Que “me se” rompe la coronaria descendente! —respondió con gran dosis de histrionismo el caballero con la mano en el pecho, airado como una Medea en pleno éxtasis infanticida y seguro de que la señora joseantoniana padecía uno de los males de la vejez: sirva una demencia senil, o tal vez solo microinfartos o lagunas cerebrales. Lo suficiente para no acertar ni una casilla en los crucigramas del periódico (no digamos el sudoku).
El anterior diálogo figurado, que podría ser real pues, por norma, la realidad supera a la ficción, resume algo que está ocurriendo en la actualidad: preocupados, y ocupados al modo orteguiano, por las habituales cascarrias de la vejez, a nadie se le ocurre pensar en las enfermedades infantojuveniles que “también” ocurren en la edad adulta y en la vejez. ¿A nadie? Tal vez el fenómeno no es nuevo, aunque al principio pareciera raro, como se verá. Pero primero recordaremos algunos rasgos del sarampión clásico (infantil) y sus circunstancias (la vacuna, los antivacunas, el regreso al pasado) para, a continuación, ver si estas infecciones de niños puede ocurrir en los adultos y en la vejez (el regreso al futuro).
El virus del sarampión.
En 1954, por primera vez en la historia, el virus del sarampión se aisló en cultivos celulares (Figura 1).

Figura 1. El Morbillivirus del sarampión. Crédito de la figura: CDC Public Health Images Library.
Más tarde, 66 años después (en 2020), se publicó un artículo científico muy interesante: emplearon un modelo de reloj molecular (una técnica para datar la divergencia de dos especies que deduce el tiempo pasado a partir del número de diferencias entre dos secuencias de ADN) y la secuenciación del genoma (uno o varios procesos de laboratorio que determina la secuencia completa de ADN en el genoma de un organismo, en un proceso único). Para tal menester, hicieron el estudio de un virus de sarampión de un sujeto infectado en el año 1912.
De este modo, los investigadores pudieron demostrar que el virus ARN de la familia Paramixoviridae deriva del virus de la peste bovina (dicho en cristiano: el sarampión viene de las vacas). Muy probablemente el virus vacuno mutó en torno al siglo VI a. C. para convertirse en un virus propia y exclusivamente humano (los animales no sufren de sarampión: si ve uno, avise por privado, por favor).
La sucesiva aparición de las grandes ciudades en Mesopotamia y el sudeste de Asia con la concentración de grandes masas humanas permitieron que el virus bovino se adaptara a los humanos (a su vez el virus bovino es procedente de pequeños rumiantes, como las cabras, de las que volveremos a hablar). El virus del sarampión necesita un mínimo de 250.000 personas (250.000-500.000) para difundirse cómodamente y de forma espectacular merced a que es muy contagioso (probablemente el que más). En 2023, afectó a 10,3 millones de personas en el mundo, el 20% más que en 2022 (OMS). Parece poco, pero es una barbaridad si se tiene en cuenta que su vacuna es muy eficaz. Ya debería estar erradicado.
El sarampión infantil.
Es sarampión es una enfermedad infecciosa muy contagiosa que ocurre, preferentemente, en los niños. Se puede considerar el prototipo de enfermedad infecciosa infantil y se presenta de forma aguda: fiebre, malestar general y un rash (manchas cutáneas y mucosas: velo del paladar) que empieza en la cabeza y la cara y se extiende hacia abajo, al tronco y las extremidades, de modo centrífugo (Figura 2). Suele acompañarse de conjuntivitis (inflamación ocular), obstrucción nasal y tos. Aunque es muy contagiosa, el pronóstico es, generalmente, bueno, con recuperación total sin secuelas.

Figura 2. El Dr. Danil Usmanov examinando a una niña con sarampión —lesiones cutáneas (rash) troncales— en la ciudad de Bishket, República de Kirguistán (aquí). Crédito de la imagen: OMS
Un porcentaje pequeño de los niños afectados pueden desarrollar complicaciones respiratorias (neumonía) o neurológicas (encefalitis o inflamación aguda del cerebro, y la rara forma crónica panencefalitis esclerosante subaguda, terrible por el daño neurológico y la mortalidad), que agravan el pronóstico. Son pocos, pero dejan una profunda huella en las víctimas y en sus familias. Mejor es vacunarse.
La eficaz prevención de la vacuna.
La vacuna de virus vivo original de 1954, atenuado por procedimientos químicos, comenzó a producirse a partir de 1963 (también las de virus inactivado o “muerto”, pero estas desaparecieron del mapa en 1967). Un hito en la historia de la humanidad. El sarampión se puede prevenir fácilmente gracias a la eficacia contrastada de su vacuna: del 95% cuando se administran dos dosis separadas por unos meses. Por otra parte, se necesita vacunar al 94% de la población para adquirir la inmunidad colectiva o de grupo, la misma que algunos pastores epidemiológicos bautizaron durante la pandemia coronavírica con el inadecuado nombre de inmunidad de rebaño (por traducción literal del inglés: herd immunity). La vacuna antisarampión “ha salvado más vidas que ninguna otra en los últimos 50 años,” según el Director General de la OMS.
La inmunidad o protección vacunal impide totalmente o dificulta la difusión del virus amparando a los bebés muy pequeños y a los mayores inmunodeprimidos, carentes ambos grupos de anticuerpos antisarampión protectores (es un efecto positivo de defensa que dura muchos años). Una política apropiada local, nacional e internacional de vacunación masiva —y aceptada por la mayoría de la población— marca la diferencia, una más, entre los países desarrollados y los de menos recursos económicos, sanitarios y sociales. Gracias a la vacuna, en los Estados Unidos (EE. UU.) y en Europa la incidencia del sarampión cayó a partir de 1964-65 (Figura 3) de tal modo que hasta, hace muy poco, era casi imposible encontrar a un médico menor de 50 años que hubiera asistido, o tan solo visto de cerca, un caso de sarampión. Hasta que la situación cambió.

Figura 3. Efecto de la vacuna antisarampión. Crédito de la imagen: modificado de bodel.mtchs.org
El hecho ocurrió en 2011, cuando empezaron a aparecer casos esporádicos, y luego brotes, en Europa (solo en Francia unos 20.000 casos). Debido a razones antropogénicas (abandono de la vacuna) y no por modificación mutagénica del virus. A partir de 2011, el problema europeo se trasplantó de inmediato a los EE. UU. donde el sarampión infantil hoy no es una rareza. Naturalmente, esto sucedió por la acumulación progresiva y creciente de personas no vacunadas. Una vez más, el mundo desarrollado, por culpa del Homo sapiens, viró a peor (más de 110.000 muertos anuales por sarampión).
Aunque la vacunación masiva y otras medidas sanitarias habían mejorado notablemente la situación, las guerras continuas, la hambruna crónica, las enfermedades infectocontagiosas inagotables y la pobreza perenne no permiten que el problema desaparezca. Y la estupidez de los humanos. Las complejas circunstancias de estos países desfavorecidos por la historia se simplifican en el mundo confortable: acciones incomprensibles, como el negacionismo general y, en particular, el que va contra las vacunas; determinadas ciencias, o seudociencias, como la antroposofía, que es el sendero de autoconocimiento que quisiera conducir lo espiritual en el hombre a lo espiritual en el universo, según su inventor el austrohúngaro Rudolf Steiner (1861-1925); o la actitud irresponsable de determinadas etnias y grupos sociales y políticos quienes, amparados en sus creencias religiosas o ideológicas, eluden vacunarse y vacunar a sus herederos.
El resultado final es el esperado: a mayor población desprotegida, mayor probabilidad de que surjan brotes epidémicos. En el caso que nos incumbe, la infección individual y subsiguiente expansión a la comunidad de una enfermedad contagiosa. Está ocurriendo ahora en Europa, Norteamérica (brote en Texas, el mayor brote en 30 años, con numerosos ingresos hospitalarios y la mayoría estaban sin vacunar, y en Nuevo México), en Filipinas, en Corea del Sur…
El sarampión del adulto.
Resaltamos antes la falta de novedad porque sabemos que el asunto del sarampión no es desconocido. Muy probablemente, la infección viral pudo existir en la remota India hace miles de años, aunque la primera descripción histórica oficial y reconocida se remonta al siglo X de nuestra Era.
Se la debemos a Al-Razis (Rhazes o Razis, figura 4) (c.865-c.925), el prestigioso médico y filósofo persa (actual Irán) de excepcional talento y enorme cultura, quien, además de describir el cuadro clínico del sarampión, lo diferenció de la viruela. Al Razis es el autor del famoso Libro de Medicina para Al-Mansur

Figura 4. El médico persa Al-Razis examinando a un niño enfermo. Crédito de la imagen: Hossein Behzad (de Clear and Presente Danger).
Desde Al-Razis, el sarampión ha sido moneda corriente en las casas, escuelas y colegios, casas de salud y hospitales. También ha poblado miles de manuscritos, libros, tratados, recetas e informes médicos. Hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando apareció la vacuna y cambió el paradigma.
Dos mil quinientos años más tarde, en 2013 (hoy hace 12 años), la revista médica española Medicina Clínica publicó una carta al Editor en la que exponíamos (Tabla 1) la experiencia de 13 casos de sarampión ocurridos en personas sanas (17-39 años, edad media 29,6) infectadas en 2011, en Badajoz. El 54% habían nacido después de la introducción de la vacuna en España. Solo uno estaba vacunado. Tres referían contacto con niños con sarampión (uno era un médico, MIR, destacado y contagiado en Urgencias). El 20% eran miembros de la etnia gitana y el 38% presentaron datos clínicos y/o analíticos de afectación respiratoria (uno con neumonía). Por fortuna, no hubo mortalidad.

Tabla 1. Datos clínicos de 13 casos de sarampión del adulto en 2013. Crédito de la imagen: Muñoz Sanz A, et al. Medicina Clínica, 2013.
Concluimos la breve aportación científica alentando a los leyentes sobre la necesidad de dar información pedagógica y de recomendar la vacunación general. Decíamos:
“Consideramos que no se debe renunciar a ofertar, desde los centros de salud, los hospitales y los medios de comunicación profesionales y sociales, argumentos científicos sólidos frente a las corrientes sociales (y profesionales) contrarias a las vacunas clásicas de eficacia y seguridad acreditadas (sarampión, gripe, etcétera).”
Naturalmente, la recomendación se hizo con poca esperanza de que sirviera para alterar la actitud hostil y combativa de los antivacunas, terraplanistas y negacioncitas en general. Sin imaginar, entonces (hace 12 años), la que se avecinaba. Pero había que hacerlo y se hizo.
El sarampión de los ancianos: regreso al futuro.
El sarampión es muy raro en este sector etario. Una excepción, cuando existe. Las personas de este grupo de edad nacieron en los años 50, o antes de los primeros 60, del pasado siglo. Por tal circunstancia, existe muy alta probabilidad de haber sufrido el sarampión en la infancia. O, en su defecto, de haber sido vacunado adecuadamente con las dos dosis preceptivas a partir de los años 60. En cualquiera de los supuestos, su sistema inmune generó la respuesta inmunitaria adecuada, muy duradera en el tiempo. Es decir, los mayores inmunocompetentes de hogaño están protegidos desde antaño.
La excepción a la regla es no haber sufrido (“pasado”) el sarampión. Ni estar vacunado (ambos supuestos deben de ser, numéricamente, escasos). O padecer alguna enfermedad fuertemente inmunosupresora. O recibir tratamientos que disminuyen o anulan la inmunidad. O, en algún caso, que la pérdida de la capacidad inmune biológicamente asociada al envejecimiento (inmunosenescencia) sea muy acusada.
—Entonces, señora —habría espetado el caballero informado— si tan rara es esta infección infantil en los mayores, ¿a qué viene hablar de ella referida a los abuelos (mayores) del año 2025?
Pues se debe a que las cosas pueden cambiar y, sobre todo, a que una situación que parece imposible, o muy rara, puede hacerse realidad si los hechos y acontecimientos siguen por donde parece. Lo razonamos en el siguiente apartado, y adelantamos que sería consecuencia de causas antropogénicas: es decir, de acciones u omisiones imputables al ser humano, y no por cambios en la patogenicidad (virulencia, agresividad) del virus.
El factor humano: de la ignorancia a la insidia.
En primer lugar hay una razón, ya clásica en los anales, para estar desprotegidos frente al sarampión o a cualquier infección prevenible: la negativa a recibir la vacuna debido a motivos ideológicos, religiosos, ignorancia, incertidumbre, miedo, o por creer, erróneamente, que la vacuna produce autismo, una mentira histórica engendrada por el médico A. J. Wakefield en la revista The Lancet y retractada posteriormente(Figura 5). Este engaño imperdonable sirve de sólido apoyo y argumento a los negacionistas (por ejemplo, a Robert F. Kennedy, el máximo valedor del falso autismo posvacunal). Pero puede haber otras razones.

Ya se comentó antes la relación entre los últimos brotes de sarampión y determinadas etnias y grupos religiosos. Esta actitud podría cambiar en el futuro a mejor, aunque parece tremendamente difícil, sin dejar de ser, en teoría, un factor modificable. Como elemento nuevo, muy preocupante, se acaba de introducir un factor —el de la política tremendista de la actual administración norteamericana— que, por su rapidez de aparición, brusquedad en las formas, dimensión y alcance planetarios y consecuencias globales a medio y largo plazo ha hecho saltar las alarmas por todos lados. Y tiene al mundo cabal en vilo. Una actitud política que parece tan contagiosa como el sarampión y que puede ser tan terrible como la viruela. Veamos qué dice el caballero informado:
—Desde muy antiguo los médicos, filósofos y le gente estudiosa y pensante que somos, ¡ejem!, pocos —la señora fan de Carlitos Herrera hizo un amago de abalanzarse al cuello del pedante caballero, pero se contuvo— achacaron las plagas, pestes, epidemias y otras catástrofes a la influencia del cielo, o de los cielos. Era el modo de anegar la laguna de la, quiero decir de, evidentemente, su ignorancia. Culparon de las epidemias y de muchos males a los dioses olímpicos grecorromanos: Zeus/Júpiter o Apolo, entre otros. O a Dios, Yahvé o Alá, los dioses adorados por los millones de seguidores de las tres principales religiones monoteístas. Los dioses del Olimpo y los del cielo divino generaban las epidemias para castigar a los humanos rebeldes, depravados o infieles —Tras carraspear discretamente y beber un buche de agua, siguió el discurso—. A la vez, o algo más tarde, se culpó de los desastres a los astros, esas lámparas giratorias del cielo nocturno que entran y salen de las constelaciones zodiacales para amargar la existencia humana. A la hora de las alineaciones (otra cosa son las conjunciones) astrales, que presagiaban (malos augurios) o producían catástrofes naturales, no solían faltar Venus, Marte, Júpiter y Saturno.
—¡Virgen de Guadalupe! ¡Qué hombre más leído! Es usted una copia del sabio rey Salomón. Aunque me barrunto que no le gustan los reyes por ser republicano, que tiene pinta, y habla como ese “locutor” de la Sexta zurdo y rojillo, aunque vista enlutado de negro zaíno.
—Ya le digo, excelencia— sentenció el sabio, al modo de Salomón cuando insinuó abrir en canal a la… ¡perdón!, al niño disputado por las dos mujeres.
Dejamos a los exóticos tertulianos, ejemplos de la España de hoy y de siempre, con su batalla dialéctica. Volvemos a la realidad que nos ocupa. La NASA ha advertido del riesgo, aunque bajo, de que un asteroide (2024 YR4) impacte con la tierra en 2032 (ya dirán la hora y el sitio). Pero otros meteoritos han caído ya. Y, como el que extinguió los dinosaurios, ha impresionado el impacto de su llegada. Son las rutilantes estrellas mediáticas Donald John Trump, Elon Reeve Musk y Robert Francis Kennedy Jr., el trío Calavera que ha generado un fenómeno insólito.
Naturalmente, no ignoramos que Trump es quien manda. El fucking amo, como diría Bellingham tapándose la boca con la mano. Un preoctogenario (79 años) mandamás, ejemplo del poder de la gerontocracia (Biden, el abuelo de América, es aún mayor). Como presidente de los EE. UU, Trump es el hombre más poderoso del planeta y de la historia. Sus manos bailongas y firma decretos como churros disponen de más poder destructivo que Alejandro Magno, Julio César, Trajano, Carlos V, Gengis Khan, Napoleón, Lenin y Hitler juntos. Sin olvidar a Florentino Pérez, el “presi” del Real Madrid. La compulsión de decretar, plasmando su firma en forma de motosierra “mileiana,” está demostrando por donde quiere ir, o que desfilemos los demás. Es un psicópata, sin empatía por nadie, y rencoroso. En 2020, en un artículo plutarquiano (La adiatrepsia de los dos emperadores, Diario HOY, 11/08/2020) se comparó a esta exótica criatura con el breve y malvado emperador Cayo César, alias “Calígula.”
Musk, con 54 años, es más joven que el Padrino. Pero más estrambótico y saltimbanqui, o saltabanco (charlatán, vendedor). Parece un personaje sacado de un museo de cera, animado por un motor eléctrico de Tesla. El pobre, es la persona más rica del mundo, lo que hace altamente improbable que pase penurias a fin de mes. Pero Trump le ha investido de plenos poderes para “reformar” la administración americana, sin ser elegido por el mismo pueblo que, hasta hoy, era el paradigma de la democracia. Aglutina alucinantes conflictos de intereses y oscuras maniobras de gestión. Elon, sin M inicial, no deja de sorprender a los abobados humanos con sus intervenciones públicas e impúdicas excretadas en sus propias redes sociales, mientras no para de hacer intromisión extremista e intolerable en la política de otros países (Inglaterra, Alemania). Amén de las decisiones administrativa locales, de repercusión mundial, dentro de la complejísima administración de su país.
Finalmente, Kennedy junior, otro gerontócrata (71 años). Es el rey de los negacionistas y el mayor de los conspiranoicos. Un tipo raro y frío, como témpano de Alaska, armado intelectualmente con unos planteamientos ideológicos muy radicales: unas ideas absurdas sobre la ciencia y la biomedicina. Ha sido agraciado, para desgracia general, con el máximo cargo en la hipermacroestructura científico-sanitaria de los EE.UU., sostén de investigación del planeta.
El emperador se ha vuelto majara.
Alguien puede pensar que los asuntos de los EE. UU no nos afectan (“Es cosa de los yanquis”, habría dicho el caballero sabelotodo), pero nos tocan (y nos pueden hundir) de pleno. Según enseña el efecto mariposa de la teoría del caos, si Washington, la capital del imperio, estornuda, Europa tendrá neumonía y, por la expansión de los miasmas incontrolados, otras zonas del planeta irán directamente a la UVI, o a la morgue. Nunca hubo tanta incertidumbre en este siempre incierto planeta. Y lo que puede venir…. que ya está viniendo. Veamos una muestra.
El recorte trumpiano brutal de investigadores, médicos, científicos, epidemiólogos y funcionarios de todo tipo en los organismos biosanitarios del más alto rango de los EE. UU y del mundo: 1.500 empleados de los CDC y miles de jóvenes en formación en el NIH. La anulación de las ayudas a organizaciones en pro de la salud y de la ciencia repartidas por el planeta (un juez, bendito sea, puede frenar el dislate). El negacionismo climático y vacunal. La supresión de vacunas esenciales parando los proyectos de investigación (en pleno brote de sarampión en Texas y Nuevo México), o retirando las ayudas a las escuelas favorables a las vacunas, o despidiendo a cualificados investigadores de la gripe aviar, una amenaza pandémica real. La destrucción (500 millones de dólares) de miles de test diagnósticos de Covid-19. La anulación de miles de contratos a jóvenes investigadores, por su nacencia. El cambio en las campañas de vacunación de los CDC (se exigirá el consentimiento informado) y el aplazamiento, con cambios profundos del ACIP, el máximo comité mundial de expertos en vacunas. La disolución, por orden ejecutiva, del Comité de Covid prolongado. La actitud alucinante respecto a la guerra de Rusia contra Ucrania y Europa. El dislate de Gaza. Métodos inhumanos frente a la inmigración. Afán imperialista (Canadá, Groenlandia, canal de Panamá, golfo de México). Y así. La prestigiosa revista Science ha creado un rastreador (Trump Tracker; despidos, demandas y la ciencia estadounidense en caos) para recoger todos los dislates que van surgiendo. Un horror.
Incertidumbre, temor pandémico, terror bélico, angustia, desconcierto, rabia. El planeta está en riesgo de la depresión colectiva secundaria al estrés trumpiano. Y también de perder la capacidad de enfrentarse a múltiples infecciones para las cuales las vacunas vigentes y las de investigación avanzada y en riesgo de ser suprimidas, han sido, son y serán imprescindibles. Sirva de ejemplo de eficacia el poder preventivo demostrado por la vacuna RNAm contra el virus SARS-CoV-2/covid-19 (Figura 6), ahora amenazada.

Figura 6. Tasa semanal de muertes por cada 100.000 personas según el estado vacunal: no vacunados / Unvaccinated (curva roja), vacunados sin refuerzo bivalente / Vaccinated with… (curva verde) y vacunados con refuerzo bivalente / Vaccinated without… (curva azul).Crédito de la imagen: CDC (2023), procesada por Our World in Data.
Si extrapolamos la preocupación por el macro terremoto político, con tsunami y secuelas o réplicas de magnitud y alcance imprevisibles, al terreno que estábamos pisando, el del sarampión y, en general, las infecciones es bastante razonable pensar y decir que buena parte de los niños y jóvenes de hoy, tanto los ciudadanos norteamericanos como los del resto del mundo (por efecto dominó) vivirán desprotegidos frente a multitud de microrganismos patógenos con los que se van a cruzar a lo largo de su biografía (no se olvide la gripe aviar acechante, en la actualidad un problema mucho más allá de las aves). Porque pesa lo que está ocurriendo con la gripe aviar. El prestigioso The Guardian acaba de publicar un artículo con este título (traducido): “Noticias de EE.UU. Alarma por gripe aviar ahora ‘endémica en vacas’ mientras Trump recorta personal y fondos” a la vez que nos regala este preocupante gráfico que traducimos del inglés (Figura 7).

Figura 7. Gráfico sobre la gripe aviar en tiempos de Trump (el “aún” es nuestro). Crédito de la figura: Modificado de Melody Schreiber, en The Guardian, 25 Feb. 2025.
Por otra parte, los niños infectados (de sarampión, gripe estacional, rinovirus, respiratorio sincitial, coronavirus y decenas de virus más…), los niños de siempre y los de hoy (con sus virus y mocos, como los que el nene de Elon plantó debajo de la mesa de Trump, en el despacho oval), tienen familia y, muy probablemente, conviven o interaccionan con frecuencia con sus abuelos. Si, aun así, los “peques” no protegidos (no vacunados) atraviesan su propio valle de lágrimas existencial y tienen la suerte de llegar a viejos, los médicos de la segunda mitad del siglo XXI deberían saber que un anciano con fiebre, malestar, tos y manchas en la cara, la boca, el tronco y las extremidades podrá tener, entre multitud de etiologías posibles, el sarampión. El sarampión del “agüelo”.
Si acaso no resucitara el virus de la viruela, cuyas dos cepas durmientes en dos laboratorios (americano y ruso) están al acecho de que unos de estos majaras quiera hacer una macroescabechina. Al igual que las ojivas nucleares hacen hoy al planeta mucho más inseguro, preocupación que nos llevó a escribir hace más de una década el cuento de humor terrorífico “El maletín del zar” (en: La chimenea del estrés [trece cuentos peregrinos], Badajoz: Herákleion, 2013), dedicado al simpático beodo Boris Nikoláievich Yeltsin (1931-2007), que en paz descansa.
De vuelta a los virus, no sobra recordar que el de la viruela es uno de los bichos —junto a la peste bubónica, las gripes pandémicas y covid-19, otros tres perversos tenores— que han hecho mucho daño a la humanidad. Un perjuicio que puede ser pequeño frente a la amenaza actual y futura del trío que llegó a nuestras vidas un rato antes que el asteroide 2024 YR4, todavía viajero por el espacio. No sobra decir que hay un asteroide identificado por la NASA en 1981 llamado Donaldjohanson. Anda que…
Nota final: El cuento o relato que aquí y ahora acaba es una distopía o antiutopía, es decir, una sociedad ficticia indeseable en sí misma, que puede llegar —o empieza— a ser una historia real.