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El canto del mirlo

Prof. Doctor Agustín Muñoz Sanz / Sillón 4 de la Academia. Disciplinas Médicas (Patología Infecciosa).

Figura 1.  Mirlo común (Turdus merula) con su nido: macho (abajo) y hembra (arriba). Crédito de la figura: Nederlandsche vogelen (Aves neerlandeses) (1770-1829), por Cornelius Nozeman y Christiaan Sepp.

El mirlo (Figura 1) es un ave familiar para todos, una metáfora y un vigilante epidemiológico. Antes de “soltar el mirlo” (metáfora), según certifica la RAE como equivalente a empezar a charlar (aquí, a leer), y como preludio al concierto “mirloano” ofrecido más abajo, haremos espóiler del presente relato epidemiológico: algunas aves cercanas a los humanos (cuervos, mirlos, estorninos) pueden ser vehículos de difusión de bacterias resistentes a los antimicrobianos más utilizados en medicina humana. Veamos algunos datos que nos permitan encuadrar el problema.

El ecosistema. 

Nadie duda hoy de que el primate humano (Homo sapiens sapiens), además de ser un viajero impenitente (Homo “viator”) desde que abandonó la sabana africana para colonizar el planeta entero, es también un okupa que ha ido invadiendo poco a poco, y de modo imparable, el espacio natural donde habitan otras muchas especies. Un hecho ocurrido hace miles de años. 

Las grandes urbes, las interminables urbanizaciones y la invasión del campo (fincas, casas, chalés, complejos hoteleros y de recreo, campos de golf) son pruebas irrefutables de lo que se ha dado en llamar el factor antropogénico. Por tal razón, a nadie le extraña ver hoy jabalíes, osos y otros bichos escarbando en los contenedores de la basura acumulada por los humanos, o a buitres leonados posándose en medio de alguna ciudad o pueblo. También es posible que, relacionado con las actividades antropogénicas, algunos animales sean los invasores del hábitat humano. Sea como fuere, la realidad es que la frontera entre el mundo silvestre y el urbanizado se ha diluido. En la actualidad, la interacción (por ocio o negocio) entre los humanos y los animales es muy intensa.

Las zoonosis. 

La cercanía entre especies muy variadas, que comenzó con la domesticación hace entre siete y diez mil años, acarrea que numerosos microbios (virus, bacterias, hongos y protozoos) presentes en los animales (mamíferos y aves) puedan pasar directamente a los humanos (por vía respiratoria, oral o por contacto), o valerse de insectos vectores (pulgas, piojos, chinches, mosquitos y garrapatas) adaptados a los animales o al ecosistema natural. 

Sin olvidar los efectos del aumento de temperatura que favorece la proliferación inhabitual de los insectos vectores (mosquitos y garrapatas) que vehiculan algunos virus patógenos (zika, dengue, chikungunya, fiebre del Nilo occidental y fiebre Oropouche) y bacterias, también patógenas (Borrelia de la enfermedad de Lyme). En tal caso, y en numerosas ocasiones (70% de las infecciones), el humano puede sufrir una enfermedad infecciosa de procedencia animal (zoonosis). En ocasiones, el sentido es inverso (zoonosis inversa): es el animal quien se contagia desde el humano (gripe porcina y aviar, coronavirus estacionales y pandémicos).

Los antimicrobianos.

Estos fármacos impiden (detienen) el crecimiento y reproducción de las bacterias o las matan. Existen en la naturaleza desde el principio de los tiempos. Las propias bacterias los sintetizan para mantener a raya a otras bacterias. Fueron descubiertos para la ciencia por azar, una mañana de domingo de 1928. Lo hizo Alexander Fleming a partir de un hongo doméstico (Penicillium notatum, luego superado por Penicillium chrysogenum) —de ahí el nombre de penicilina—, contaminante de las placas de los cultivos bacterianos de su laboratorio. La penicilina se comercializó a partir de 1940. Hoy existen miles de moléculas de síntesis. Se utilizan mucho en medicina animal, para el engorde del ganado y para tratar las infecciones animales, y demasiado en el mundo humano por esta segunda razón terapéutica. 

El estudio de las aguas residuales de las grandes ciudades, puesto de moda merced a su empleo en la vigilancia de la pandemia (detección de coronavirus por PCR) está en uso desde hace años. Entre otras cosas, el rastreo acuático permite detectar el consumo de drogas y el de antimicrobianos. Es fácil entender que las aguas de desecho urbano acaban en los ríos, charcos y lagunas. En estos sitios beben, se espulgan y defecan muchos animales, entre ellos las aves silvestres y las migratorias. 

Si existen cantidades industriales de antimicrobianos en la naturaleza, no debe extrañar que las aves contacten con ellos fácilmente. Y, si las aves ingieren de forma involuntaria antimicrobianos (al comer y beber), los microbios de sus intestinos y cloacas (microbiotas) se verán afectados a nivel genético con la alteración de los genomas microbianos intestinales (microbiomas). Una de las consecuencias es la aparición de resistencia a numerosos antimicrobianos que va grabada en los denominados genes de resistencia.

El conflicto.

Surge cuando las aves y los humanos interaccionan en espacios compartidos y en sus zonas de transición (llamadas ecotonos). Las aves silvestres lo hacen muy poco o nada (no es fácil interaccionar de forma espontánea con un buitre, cóndor o cigüeña negra). Las aves urbanitas, mucho: pensemos en las cigüeñas blancas, las palomas, los gorriones, los cuervos, los tordos (mirlos), los estorninos y, cada vez más, las palomas turcas. Y, si hay un río de vocación urbana que atraviesa la ciudad, se sumarán los cormoranes, las garzas, las gaviotas, los patos y otras variadas y prolíficas anátidas. Por su parte, las aves silvestres que ocuparon o van ocupando los espacios humanos (o al revés), interaccionan un término medio entre las silvestres puras y las urbanas de nacencia. Pero esto es suficiente. Porque, dentro de este amplio grupo, hay algunas especies que son portadoras de microbios cargados de genes de resistencia bacteriana. Lo cual supone una amenaza para los humanos. El estudio científico de este asunto es relativamente reciente. Y muy interesante.

El estudio.

Un ejemplo —no es único—que nos sirve de modelo para el fin que perseguimos es una publicación difundida el día 9 de septiembre de 2024 en la revista Current Biology. Los autores analizan el microbioma (700 muestras) de 30 especies de aves de ocho países (Figura 2). 

Como microbio centinela usan la bacteria patógena entérica Campylobacter jejuni, un conocido miembro del microbioma intestinal aviar que causa enfermedad (campilobacteriosis) en los humanos (diarreas, sepsis). El motivo de elegir este microbio como centinela es porque existen numerosos linajes genéticos diferentes del mismo en una amplia gama de especies de aves. Se debe al fenómeno llamado alopatría o especiación causada por la presencia de una barrera geográfica. No hay que confundirlo con la alopatía que alude al tratamiento que emplea medicamentos cuyos efectos son contrarios a los propios de la enfermedad. La campilobacteriosis es la enfermedad gastrointestinal más frecuente en la Unión Europea. En 2021, 30 países notificaron 129.960 casos confirmados. La tasa global de notificación es de 44,5 casos por 100 000 habitantes, más alta en los menores de cinco años (datos oficiales de los ECDC, 20 de diciembre de 2022).

Figura 2. La proximidad de las aves a los humanos se correlaciona positivamente con el linaje de C. jejuni y la diversidad de la resistencia a los antimicrobianos. A) Las ecologías rurales, transicionales y urbanas están indicadas para diferentes aves silvestres. Los colores representan su respectivo orden/familia. B y C) El linaje y la diversidad de la resistencia a los antimicrobianos, respectivamente, en relación con la proximidad a los humanos puntúan para las 38 especies de aves silvestres en las que se aisló C. jejuni. Se incluye el ajuste de la línea de regresión. Cada círculo representa una especie de ave silvestre diferente, coloreada según su orden/familia. Nota: Las especies de cuervos, estorninos y mirlos muestran una mayor diversidad de linajes (B) y de resistencia a los antimicrobianos (C). Crédito de la figura: Mourkas, et al. Current Biology, 2024.

El hallazgo. 

Los investigadores del trabajo aviar que comentamos (Evangelos Mourkas y colaboradores) han demostrado la presencia de genes de resistencia antimicrobiana en los C. jejuni de todas las especies de aves estudiadas. Los más afectados son los cuervos, estorninos y tordos o mirlos. Interesante resulta saber que los cuervos y las gaviotas están en relación con los vertederos, mientras que los patos y gansos habitan los ríos y lagos contaminados por las aguas residuales. 

Este hecho propicia el encuentro de las aves con los microbios patógenos portadores de genes de resistencia. Dichos genes invalidan el uso de fluoroquinolonas, tetraciclinas, aminoglucósidos, macrólidos y β-lactámicos, los antimicrobianos más empleados (excesivamente) en la medicina humana. Como curiosidad, las aves polígamas (numerosas parejas de apareamiento) están más afectadas que las monógamas, lo que se relaciona con el microbioma (mayor diversidad microbiana) de la cloaca.

La reflexión, antes de que cante el mirlo. 

La naturaleza es muy compleja. Los humanos somos miembros de un ecosistema (o muchos ecosistemas) donde estamos en permanente interacción con los animales mascotas, domésticos y silvestres. Desde el corazón de Nueva York, o de cualquier megaurbe, hasta la aldea más remota de África. 

Los humanos podemos cambiar las acciones lesivas para la naturaleza. A nivel individual (ciudadanía) y de forma colectiva (gobiernos, empresas, corporaciones supranacionales). Pero parece que, hasta ahora, el camino elegido no es el más apropiado o —dicho con generosidad, manifiestamente mejorable— ser (los humanos) menos invasores de los espacios naturales y usar (los humanos) los antimicrobianos racionalmente. Y gestionar adecuadamente los deshechos y detritus, no es la solución total del problema, pero puede ser un gran paso para la humanidad, parafraseando a Neil Armstrong (1930-2012), el astronauta que primero pisó la luna. 

Los animales, por su parte, no pueden hacer nada para mejorar las condiciones ambientales de su territorio. Mucho menos, para evitar los factores antropogénicos negativos que dañan los ecosistemas. Aunque, por increíble que parezca, pueden adaptarse frente a la agresión. En 2013, un estudio alemán publicado en Plos One demostró que el mirlo común urbano (Turdus merula), comparado con el pariente rural o silvestre, puede adelantar hasta cinco horas sus bellos cantos nocturnos recogidos en este vídeo. El mirlo citadino emplea esta estrategia para evitar la opacidad acústica que provoca el incremento de los ruidos provocado por el intenso tráfico de los automóviles. El ruido mecánico antropogénico anula sus cantos de advertencia territorial a otros machos. 

Se trata de una genialidad evolutiva y de una adaptación al ambiente agresor (ruidos). Aunque el cantor de la madrugada ignore que su intestino puede estar colonizado por peligrosas bacterias zoonóticas portadoras de genes de resistencia microbiana. No sobra decir ahora que los Beatles, por deseo de Paul McCartney, inmortalizaron al mirlo con su canción Blackbird (merece la pena ver, aquí, un relato de apenas nueve minutos que, para explicar el origen de la afamada canción, habla de los mirlos, la  naturaleza, el racismo, los derechos civiles, los Beatles y Juan Sebastián Bach).

La naturaleza, como los Beatles y los mirlos, también le canta a diario al ser humano —aunque suena a música de adagio y réquiem— advirtiéndole de que las cosas no están como deberían. Parece que el tráfico de los muy humanos intereses políticos, económicos y de otro tipo nos impide oír la música ecoambiental. Pensemos, por ejemplo, en África, donde hay la mayor incidencia de campilobacteriosis resistente al tratamiento en humanos y en animales. La prevalencia de C. jejuni resistente a antimicrobianos y multirresistente o MR (resistencia tres o más fármacos) es del 2,5% en los humanos y mayor aún en las aves de corral (40,9%). Las gallinas y sus familias.

Sirvan los estudios alemán de Mourkas et al y africano de French y colaboradores (CDC) como una llamada de atención de un problema muy serio: el de la resistencia antimicrobiana. Un fenómeno que se relaciona con cifras preocupantes de mortalidad a nivel planetario: actualmente, más de 10 millones de muertes anuales debido a las infecciones asociadas con la resistencia microbiana a los antibióticos. Un problema que no parece tener visos de parar. Se acaba de publicar (16 de septiembre) un estudio muy potente en The Lancetque pronostica para 2050 más de 39 millones de muertes asociada a infecciones por bacterias resistentes a antimicrobianos. Un aumento del 71% respecto al año 2021.

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