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El lugar de la salud mental en el paradigma One Health

Francisco J. Vaz Leal

Catedrático de Psiquiatría. Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud (Universidad de Extremadura)

Jefe de Sección de Psiquiatría. Hospital Universitario de Badajoz (Servicio Extremeño de Salud)

Resumen. El modelo One Health propone una visión integrada de la salud humana, animal y ambiental, subrayando su interdependencia. Sin embargo, la salud mental ha quedado históricamente infrarrepresentada dentro de este enfoque, a pesar de que los determinantes ambientales, microbiológicos y relacionales desempeñan un papel decisivo en la génesis, el curso y el pronóstico de los trastornos mentales. La exclusión de la salud mental del paradigma One Health no sólo está científicamente injustificada, sino que deja al modelo conceptualmente incompleto.

Abstract. The One Health model proposes the integration of the different concepts of human, animal, and environmental health, emphasizing their biological, ecological, and social interdependence. Nevertheless, mental health has historically been underrepresented within this framework, despite the decisive role that environmental, microbiological, and relational determinants play in the onset, the course, and the prognosis of mental disorders. The exclusion of mental health from the One Health paradigm is not only scientifically unjustified but also leaves the model conceptually incomplete.

Resumo. O modelo One Health propõe uma visão integrada da saúde humana, animal e ambiental, destacando a sua interdependência biológica, ecológica e social. No entanto, a saúde mental tem sido historicamente sub-representada neste enquadramento, apesar do papel decisivo que os determinantes ambientais, microbiológicos e relacionais desempenham no aparecimento, evolução e prognóstico dos transtornos mentais. A exclusão da saúde mental do paradigma One Health não só é cientificamente injustificada, como também deixa o modelo conceptualmente incompleto. 

1. La salud mental como componente estructural del paradigma One Health

El enfoque One Health surge como respuesta a la evidencia creciente de que los problemas de salud no pueden abordarse de manera fragmentada. La interacción entre humanos, animales y medio ambiente configura un entramado complejo en el que los límites tradicionales entre disciplinas resultan poco útiles1. En este contexto, llama la atención que la salud mental haya sido significativamente relegada, a pesar de su enorme peso en los procesos de enfermedad y discapacidad2. Esta omisión responde, en parte, a la tradicional influencia de una visión biomédica restrictiva que ha tendido a considerar los trastornos mentales como entidades escasamente vinculadas a los determinantes ambientales. Sin embargo, el avance de los conocimientos en psicobiología, neuroinmunoendocrinología y epidemiología ha cuestionado de forma progresiva esta visión3–5. Hoy se reconoce que los trastornos mentales están profundamente influidos por factores ecológicos, microbiológicos y de salud animal que encajan de manera natural en el paradigma One Health. La pandemia de COVID-19, por lo demás, ha puesto de manifiesto que las crisis sanitarias globales no pueden comprenderse ni gestionarse adecuadamente sin integrar la salud mental desde el inicio. El impacto de la ansiedad, el aislamiento, el duelo y la incertidumbre han reforzado la necesidad de una aproximación integradora coherente con los principios One Health1.

2. Bases conceptuales para una integración real de la «salud mental» y la «salud física» 

2.1 Superar el dualismo clásico

La separación entre «salud mental» y «salud física» ha condicionado durante décadas la organización de los sistemas sanitarios y la investigación en psicopatología —con la excepción honrosa de la denominada «medicina psicosomática»—. Se trata de una división que responde más a categorías históricas y metodológicas que a la realidad. Desde un punto de vista ontológico, el organismo humano constituye una unidad funcional afectada por procesos biológicos, psicológicos y sociales3. Desde el monismo ontológico, existe una única realidad material, visión esta que puede coexistir sin contradicciones con un dualismo epistemológico que propone utilizar diferentes marcos conceptuales para describirla en su complejidad. Hablar de procesos «mentales» o «somáticos» no implica aceptar la existencia de dos realidades separadas, sino simplemente la de dos niveles de análisis complementarios con referencia final a una única realidad indivisible4.

2.2 Emergencia de las funciones superiores en el contexto interpersonal

Las funciones mentales superiores —conciencia, emociones, procesos de regulación normativa del comportamiento y otras— emergieron en el ser humano cuando su desarrollo cerebral adquirió un grado suficiente de complejidad, estando la emergencia modulada por la experiencia interpersonal y el contexto sociocultural3. Esta perspectiva resulta clave para integrar la salud mental en modelos globales, como One Health, donde el entorno deja de ser un mero escenario para convertirse en un determinante activo de la salud, y el cuerpo y la mente se convierten en las dos caras de la misma moneda.

3. Factores ambientales y salud mental

3.1 El exposoma como marco integrador

El concepto de exposoma permite comprender cómo las exposiciones ambientales acumuladas a lo largo de la vida influyen en la salud (en general) y en la salud mental (en particular). Estas exposiciones son especialmente relevantes durante los periodos críticos del desarrollo, como la gestación y la infancia, cuando el cerebro presenta una mayor vulnerabilidad a los factores ambientales adversos7,8.

Las exposiciones tempranas pueden modificar de forma duradera la estructura y la función cerebral mediante mecanismos epigenéticos, inflamatorios y neuroendocrinos, incrementando el riesgo de trastornos mentales en etapas posteriores de la vida8,9.

El concepto de exposoma incorpora un amplio grupo de elementos externos al individuo (tanto la polución o la exposición a plásticos, tóxicos y metales pesados, como factores de tipo social, incluyendo la desigualdad y el nivel educativo y económico, entre otros), junto con un grupo no menos amplio de elementos internos (factores epigenéticos, sobrecarga alostática, inflamación y capacidad de enfrentamiento del estrés, creatividad e inteligencia ecológica, etc.) que determinan en su conjunto el «capital cerebral» del individuo10.

3.2 Contaminación y psicopatología

La evidencia acumulada ha establecido asociaciones consistentes entre la exposición a contaminantes ambientales y una amplia gama de problemas de salud mental11–13. La contaminación del aire, especialmente las partículas finas y los óxidos de nitrógeno, se ha vinculado a depresión, ansiedad, mayor número de ingresos psiquiátricos, más consumo de psicofármacos, deterioro cognitivo y mayor riesgo de demencia5,6. Los mecanismos implicados incluyen activación inflamatoria sistémica, estrés oxidativo, alteraciones vasculares cerebrales y alteraciones en la permeabilidad de la barrera hematoencefálica, así como cambios estructurales en regiones como el hipocampo y la corteza prefrontal5,6.

3.3 Ruido y contaminación lumínica

El ruido ambiental persistente actúa como un estresor capaz de activar el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal (eje HHA) y el sistema nervioso simpático (SNS), favoreciendo estados de hiperactivación, con la consiguiente fragmentación del sueño3. Esta activación sostenida se asocia a mayor riesgo de trastornos de ansiedad y depresión4.

La contaminación lumínica nocturna, por otra parte, altera la liberación de melatonina y la sincronización de los ritmos circadianos, lo que incrementa la vulnerabilidad a trastornos del estado de ánimo y del sueño3.

3.4 Temperatura, cambio climático y eventos extremos

El aumento de la temperatura ambiental y la mayor frecuencia de olas de calor se asocian a un incremento de consultas psiquiátricas, trastornos del estado de ánimo y conducta suicida12,13. Estos efectos son más pronunciados en poblaciones vulnerables, como personas mayores y trabajadores expuestos al aire libre13. 

Otros eventos climáticos extremos, como inundaciones o incendios forestales, también tienen un impacto significativo sobre la salud mental, favoreciendo la aparición de trastornos de ansiedad, depresión y trastornos de estrés postraumático, junto con el agravamiento de patologías psiquiátricas previas2,14.

3.5 Entornos naturales y biodiversidad como factores protectores

La exposición a entornos naturales se asocia de forma consistente a mejoras en el bienestar psicológico, la atención y la regulación emocional. El efecto sobre la salud parece amplificarse a medida que aumenta la biodiversidad del lugar15,16. La denominada forest medicine destaca los efectos beneficiosos del contacto con los bosques sobre parámetros neuroendocrinos, inmunitarios y autonómicos, por la vía de la reducción del cortisol y el incremento de la actividad parasimpática16.

Estos efectos ilustran de manera ejemplar la integración entre ambiente, sistema nervioso e inmunidad, uno de los núcleos conceptuales del modelo One Health.

4. Factores microbiológicos compartidos y eje intestino-cerebro

La microbiota intestinal desempeña un papel central en la comunicación bidireccional entre el intestino y el cerebro. A través de vías neurales, humorales e inmunitarias, los microorganismos influyen en la respuesta al estrés, la cognición y el comportamiento social17–19.

La disbiosis intestinal se ha asociado a inflamación crónica de bajo grado, caracterizada por la elevación persistente de citoquinas proinflamatorias y proteínas de fase aguda5–6. Este estado inflamatorio afecta a la neurogénesis, la función microglial y la neurotransmisión, configurando un terreno propicio para la aparición de síntomas neuropsiquiátricos4,20.

La inflamación sistémica altera, por otra parte, el metabolismo del triptófano, desviándolo hacia la vía de la quinurenina, con reducción de la producción de serotonina, melatonina y niacina, y aumento de metabolitos potencialmente neurotóxicos, lo que siembra el terreno para la aparición de trastornos afectivos y otros problemas psicopatológicos6,20.

Diversos microorganismos parecen capaces de afectar a la salud mental a través de mecanismos inmunitarios, neuroendocrinos y metabólicos, actuando como moduladores del riesgo y de la expresión clínicade distintos trastornos psiquiátricos. Algunos géneros bacterianos específicos —por ejemplo Lactobacillus y Bifidobacterium— producen neurotransmisores inhibitorios, como el GABA, y modulan el eje HHA. Su reducción se asocia a un aumento de sintomatología ansioso-depresiva. Por su parte, Faecalibacterium prausnitzii, productor de butirato, favorece la aparición de fenómenos antiinflamatorios, de manera que niveles bajos de esta bacteria se han vinculado a depresión, inflamación sistémica y peor regulación emocional.

Determinadas bacterias patógenas, como las cepas de Escherichia coli productoras de lipopolisacáridos, pueden inducir inflamación sistémica y se han relacionado con síntomas depresivos. Las infecciones recurrentes por Clostridium difficile generan inflamación persistente y alteraciones del microbioma con repercusiones sobre el estado de ánimo, mientras que Clostridium perfringens, a través de su toxina épsilon, se ha asociado de forma indirecta a neuroinflamación y a un posible deterioro cognitivo. 

En población pediátrica, las infecciones por estreptococo, en especial streptococcus pyogenes, se asocian a trastornos neuropsiquiátricos de inicio precoz, el denominado PANDAS (síndrome neuropsiquiátrico infantil asociado a infección por estreptococo), con aparición de tics y síntomas propios del trastorno obsesivo-compulsivo (TOC).

Entre los agentes víricos, destacan los virus neurotrópicos (herpes, influenza, CMV, SARS-CoV-2…), capaces de producir neuroinflamación y síntomas afectivos o cognitivos persistentes tras la infección. Finalmente, los estudios sobre hongos intestinales, como Candida, aportan hasta el momento evidencias limitadas.

5. Microorganismos y patologías psiquiátricas específicas

5.1 Esquizofrenia

La evidencia indica que las infecciones prenatales, especialmente por toxoplasma gondii y por virus neurotrópicos (influenza, herpes, CMV, rubéola…) actúan como factores de riesgo ambientales para la esquizofrenia, en interacción con la vulnerabilidad genética8,9. El elemento central no es el patógeno en sí, sino la activación inmunitaria materna y su impacto sobre el neurodesarrollo fetal7,8. Este modelo integrador explica la heterogeneidad clínica y biológica de la enfermedad y evita interpretaciones reduccionistas.

Un estudio reciente25 sugiere que la doxiciclina podría reducir el riesgo de desarrollar esquizofrenia en adolescentes de alto riesgo. Los adolescentes de alto riesgo tratados con doxiciclina tuvieron hasta un tercio menos de probabilidades de desarrollar esquizofrenia en la edad adulta. Este hallazgo apunta a nuevas vías potenciales para la prevención temprana, posiblemente relacionadas con los efectos antiinflamatorios del fármaco. Aun así, el estudio no carece de limitaciones, siendo evidente que es necesaria más investigación26-27.

  •  Trastornos afectivos

En la depresión y el trastorno bipolar, los microorganismos y el microbioma actúan como moduladores del riesgo, del curso clínico y de la respuesta terapéutica20-23. La inflamación sistémica, la disfunción del eje HHA y la alteración del metabolismo del triptófano constituyen mecanismos compartidos6,4. También aquí el toxoplasma gondii y los virus neurotrópicos parecen jugar un papel importante, mediante la inducción de neuroinflamación crónica de bajo grado, la alteración del metabolismo dopaminérgico, la interferencia en el funcionamiento de circuitos límbicos, la activación inmunitaria mantenida y la disfunción microglial.

Estas aproximaciones abren la posibilidad de intervenciones terapéuticas complementarias, como el uso de probióticos o el trasplante de heces (nunca sustitutivas de los tratamientos estándar), que podrían ser especialmente relevantes en subgrupos de pacientes depresivos con un perfil inflamatorio claro28.

5.3 Otras patologías: una perspectiva transdiagnóstica

Los trastornos de ansiedad, el trastorno de estrés postraumático, el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), los trastornos del espectro autista (TEA), el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), especialmente el pediátrico, los trastornos de la conducta alimentaria y las adicciones comparten mecanismos inflamatorios y microbiológicos comunes, en la línea de lo planteado más arriba18-19, lo que refuerza la utilidad de enfoques transdiagnósticos concordantes con el paradigma One Health.

6. Animales y salud mental

La interacción humano-animal puede ejercer efectos beneficiosos sobre la salud mental a través de mecanismos relacionales, neuroendocrinos e inmunitarios29. Los animales domésticos pueden ser fuente de apego y favorecer la estabilidad emocional. Se han descrito reducciones del cortisol, aumento de la oxitocina, disminución del sentimiento de soledad, atenuación de síntomas depresivo-ansiosos y mejoras en la regulación emocional, especialmente en personas mayores, niños y pacientes con trastornos afectivos leves28.

No obstante, desde una perspectiva One Health equilibrada, es imprescindible reconocer también los riesgos asociados, como la transmisión de enfermedades zoonóticas, el impacto emocional del duelo o la sobrecarga laboral en determinados colectivos profesionales, en especial los veterinarios30.

7. Conclusiones

La evidencia revisada demuestra que la salud mental atraviesa de forma transversal los tres pilares del modelo One Health. La separación entre salud mental y salud física resulta conceptualmente obsoleta y operativamente ineficaz. Integrar la salud mental en One Health no es una opción, sino una exigencia científica y ética para afrontar los desafíos sanitarios, ambientales y sociales contemporáneos.

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