El doctor Paul-Ferdinand Gachet (1828-1909) (Figura 1), natural de Lille (norte de Francia, junto a Bélgica) fue un médico homeópata, afecto a la quiromancia y a todo lo que la ciencia naciente del XIX ofertaba. Estudió la carrera de medicina en la universidad de París. Llegó a trabajar, entre otros, en el famoso hospital parisino de la Pitié-Salpêtrière. Tras especializarse en “enfermedades nerviosas”, hizo la tesis doctoral sobre la melancolía (Étude sur la mélancolie, 1858) en la universidad de Montpellier.

Figura 1. Aguafuerte del doctor Gachet (El hombre de la pipa), por Vincent van Gogh, 1890. Crédito de la figura: Colección Wellcome.
En 1872 compró una casa de Auvers-sur-Oise (Figura 2) para atender a su esposa convaleciente de una enfermedad. Y en Auvers ejerció la profesión.

Figura 2. La casa del doctor Gachet en Auvers-sur-Oise, por Paul Cézanne, 1872. Museo de Orsay de París. Crédito de la figura: Yale University Art Gallery, New Haven. Collection Mary C. and James W. Fosburgh
Gachet, médico y artista, amó el arte pictórico (una muestra de su producción se puede encontrar on line en el enlace de Real France). Lo ejerció en calidad de aficionado, si bien llegó a exponer en el salón de los independientes de París (fundado en 1884). Fue grabador y, posiblemente introducido por Camille Pissarro, uno de sus pacientes, se relacionó con artistas del impresionismo de la talla de Monet, Manet, Cézanne, Renoir y varios más. Llegó a tener una de las colecciones privadas del impresionismo más ricas de Europa.
El doctor Gachet murió a los 80 años. Fue enterrado el cementerio de Père-Lachaise de París (Le Dr. Paul Ferdinand Gachet (1828-1909), amateur d’art). Su casa, con su famoso jardín (Figura 3) se inscribió en el inventario de los monumentos históricos en 1991.

Figura 3. El jardín del doctor Gachet. 73 x 52 cm. Museo de Orsay de París, 1890. Crédito de la figura: Museo van Gogh, Ámsterdam.
Gachet y van Gogh.
Los problemas mentales del genio pudieron empezar en el tiempo (1888) en que se mudó a Arlés, en el sur de Francia. Allí pintó algunas de sus mejores obras, como Los girasoles o La noche estrellada y fue donde, tras discutir con su amigo Paul Gauguin, se cortó la oreja izquierda, la cual entregó a una joven trabajadora de un prostíbulo de Arlés. En una de dichas crisis, fue hospitalizado. Cuando Vincent van Gogh salió de alta del hospital Saint-Rémy-de-Provence, Théo, su muy querido hermano menor, un prestigioso merchante y receptor de parte de la correspondencia de Vincent, gestionó el encuentro entre el médico de París afincado en Auvers y el pintor. La razón fue que Gachet, además de su amor por el arte, era muy aficionado a los asuntos psiquiátricos de los artistas, asuntos “de los nervios” como se decía entonces pues la psiquiatría no nació como disciplina independiente hasta algunas décadas más tarde.
Parece que van Gogh, quien llegó a Auvers el 20 de mayo de 1890 (dos meses antes de morir), tuvo una primera impresión de Gachet no muy buena. Llegó a decir a su hermano que el médico estaba más enfermo que él, o “casi igual”. Pero mejor es exponerlo en las propias palabras del pintor escritas en una de sus cartas a Theo, el 10 de julio de 1890 (17 días antes del disparo suicida):
“Creo que no debemos contar en absoluto con el Dr. Gachet. Primero de todo, él está más enfermo que yo, creo, o, mejor dicho, justo igual, así que eso es todo. Ahora bien, cuando un ciego guía a otro ciego, ¿no caen los dos en la zanja?”.
En la misma carta, parece dejar un mensaje premonitorio, antes de precipitarse él mismo en la zanja: “Y la perspectiva se oscurece, no veo un futuro feliz en absoluto.”
Pero el intenso, aunque breve, trato diario y muy probablemente la personalidad y la formación pictórica de Gachet, hizo cambiar de opinión a Vincent hasta el punto de que durante el tiempo en que mantuvieron trato (desde la salida del hospital hasta la muerte) el pintor tuvo uno de los momentos más productivos de su arte. En Auvers llegó a pintar setenta y cinco cuadros y más de cien dibujos y bocetos.
Desde la óptica médica, van Gogh estuvo en tratamiento al cargo de Gachet durante diez semanas. El resultado de la terapia fue catastrófico pues, como es archisabido, el gran pintor holandés se suicidó pegándose un tiro en el pecho con una pistola el día 27 de julio de 1890 por la tarde. Dos días más tarde cayó en la zanja tras decir, como últimas palabras: “Así es como quería morirme”, según contó Theo (Figura 4).
La mañana de su muerte estuvo pintando “Raíces de árbol”. En las últimas semanas había terminado “Trigal con cuervos” y “Trigal con nubarrones”. Los trazos gruesos, en colores azul, verde y amarillo, y la factura de los cuadros sugiere a algunos que con dichas obras plantó las raíces del arte abstracto. No todo el mundo está de acuerdo, como tampoco hay acuerdo sobre si los pintó en un momento de estabilidad o con algún disturbio mental. Tal vez los grajos del desvarío le advertían de la inminente tormenta.

Figura 4. van Gogh en su lecho de muerte, por Paul van Ryssel (el alias empleado por Gachet). En el ángulo inferior derecho se puede leer en francés, “A mi amigo Theo van Gogh, el 29 de julio”. Crédito de la figura: Colecciones del Louvre, Paris (existe otra copia en el Museo Van Gogh de Ámsterdam).
El retrato doble.
Muy pocas semanas antes de morir, van Gogh decidió hacer un retrato al óleo de su amigo y cuidador, el doctor Gachet. Hizo dos versiones (Figura 5): la primera (izquierda), hoy desaparecida, cuya misteriosa historia vamos a resumir aquí, y la segunda (derecha) que muestra algunas variaciones respecto a la anterior. Esta segunda versión está depositada en el museo de Orsay de París, cedido por los hijos de Gachet, Paul y Marguerite, para el disfrute del público.
Respecto al primero, fue pintado por van Gogh en el jardín de Gachet en junio de 1890. El cuadro pasó a ser propiedad de Théo. En 1897 fue vendido por su esposa Johanna, cuñada de Vincent, por 300 francos (equivalente a unos 50 dólares, menos de 45 euros).
En 1904 era propiedad de un conde alemán. En 1911 lo adquirió el Städel Museum de Frankfurt am Main (Alemania), que lo protegió de las zarpas destructoras nazis. En 1937 fue vendido por un agente intermediario de un militar nazi de alto rango a Franz Koenigs, un banquero alemán afincado en los Países Bajos. Luego lo compró el también banquero judío Siegfried Kramarsky, quien se lo llevó a Nueva York. En el Metropolitan Museum of Arts (MET) neoyorquino se expuso en varias ocasiones hasta que en 1984 permaneció allí por un tiempo indefinido.

Figura 5. Retrato del Dr. Gachet, 1890 (izquierda, primera versión, desaparecida; y derecha, segunda versión, conservada den el Museo de Orsay, Paris). Óleo sobre lienzo, ambas 67 × 56 cm. Crédito: Wikimedia Commons.
En 1990 el magnate japonés Ryopi Saito adquirió el cuadro en una subasta. Tras una gestión económica poco ejemplar del empresario nipón, su acreedor, el banco Fuji, se adueñó del cuadro. En 1997 se vendió al financiero austriaco Wolfgang Flöttl, esposo de una nieta del presidente Eisenhower. De nuevo, una mala gestión económica y financiera terminó con el cuadro en una subasta de Sotheby’s. Nadie supo jamás quien lo compró. Y seguimos sin saberlo.
Ahora (diciembre 2024), el prestigioso periódico The New York Times ha hecho una indagación periodística que no ha resuelto el enigma, pero permite conocer alguna cosa más. El retrato no se mostró en dos exposiciones sobre las obras de van Gogh creadas en Auvers (más de la mitad de las 74 que pintó allí). No debe extrañar que muchos se pregunten dónde está la primera versión del retrato del doctor Gachet de junio de 1890.
¿Quién tiene el cuadro?
Es la pregunta del millón. O de los cientos de millones pues, si se vendiera hoy, la cifra de venta no bajaría de trescientos millones de euros. Se dijo que la obra está en manos del empresario de pasta Guido Barilla, pero no parece cierto. El foco de los expertos apunta a las orillas del lago Lugano o Ceresio. En concreto, en una villa de superlujo (Villa Favorita, construida en 1687) cargada de joyas pictóricas y de otros tipos, que fue propiedad del barón Heinrich Thyssen-Bornemisza (1921-2002) el popular Heini Thyssen. Tras su muerte, lo heredó su conocida quinta esposa y actual viuda Carmen Thyssen-Bornemisza (“Tita Cervera”), la ex Miss España y actual baronesa de la misma casa.
La baronesa Thyssen vendió el retrato por 90,4 millones de dólares en 2014 a la poderosa familia italiana Invernizzi, unos potentes empresarios del mundo del queso. Lo que sí se sabe con certeza es que los Invernizzi no sueltan prenda en ningún sentido: ni afirman ni niegan ser los propietarios del famoso cuadro. Así que, el misterio continúa. Hasta que se sepa dónde está o se lo invente Netflix o algún escritor de altas ventas. Puedo asegurar que yo no lo tengo. En suma: el cuadro (primera versión del Retrato del doctor Gachet, de Vincent van Gogh, 1890) está desaparecido, no perdido.
Sobre la mirada perdida de Gachet.
La que sí parece perdida, según muchos expertos en arte, es la mirada de Gachet. En ambos retratos. La tesis más común entre los analistas y peritos es que la mirada expresa soledad y melancolía. No es baladí saber que esa sea la opinión más aceptada pues quien primero la dejó escrita fue el propio van Gogh. Lo cual hace muy difícil refutarla. ¿Quién puede cuestionar al genio?
Es muy evidente la notable diferencia entre ambos retratos (Figura 5), ya destacada por muchos analistas y observadores: el predominio del color negro y gris en el primer retrato comparado con el segundo, el distinto fondo (azul en el segundo), los botones verdes en la chaqueta del primero, el vaso que acoge en su interior una rama de la planta digital, ausente el vaso en el segundo cuadro, el mantel de la mesa donde Gachet se apoya, el libro falta en el segundo cuadro…
Concordamos con la idea de los hermanos Monje Gil (El rostro enfermo, 2016) respecto a que numerosos artistas “han perpetuado para la posteridad la apariencia de algunos escogidos a través del misterioso y fascinante arte del retrato”. En esta línea, y respecto al rostro y los ojos (las fuentes de la mirada) del doctor Gachet, también se pueden encontrar diferencias del mensaje que recibe el espectador. Un atrevimiento, a sabiendas —repetimos— de lo que dijo el autor de los retratos: soledad y melancolía. Veamos.
La mirada. El color y expresión de los ojos son netamente distintos, como si el pintor viera en ellos las dos versiones de Gachet, a quien conoció y trató en tan poco tiempo: una, la primera, la mirada perdida, sería la del enfermo como él, que, por ser ambos ciegos (la ceguera metafórica de la insania) irían a caer juntos en la zanja (“No me gusta este médico que está peor o igual de enfermo que yo, querido Théo”). La otra, la segunda, surgida de unos ojos netamente más claros, muestra una mayor iluminación de la mirada y, si se afina, algún asomo de ternura. Pero no parece significar enfermedad ni disturbio interno.
El rostro. De igual modo ocurre con la expresión del rostro: tenso, casi de enfado o sorpresa en el primer retrato. Relajado, amigable, emanando cierto grado de confianza en la segunda versión. No aprecio ni sombra de la guadaña de la supuesta soledad, como aseguró el maestro. Más bien un relámpago de ausencia. En cuanto a la melancolía, tal vez la tuvo. ¿Y quién no? Pudo ser lo que pretendió decir con su interesante tesis doctoral, cuya modernidad sobrecoge. Las conclusiones, que él sintetiza “En resumen”, comienzan así (traduzco del francés):
“En resumen, digamos que la melancolía está muy extendida en toda la naturaleza, que hay, por así decirlo, una melancolía fisiológico-psíquica; que del estado natural al estado mórbido sólo hay una diferencia en proporción, intensidad y duración.”
Es evidente que, para Gachet, la melancolía, de la que tanto supo, no es siempre equivalente a enfermedad. Hay una “diferencia de proporción”. Más adelante dice que
“Cualquier falta de armonía en un ser humano que viole las leyes naturales de las dos vidas es motivo de melancolía”.
¿No fue el binomio van Gogh-Gachet una violación de la armonía de ambas biografías? La disarmonía puede llevar a la tristeza, digo yo, que no tengo autoridad en estos asuntos, pero sí opinión razonada y fundada en muchos ratos melancólicos. La tristeza, dijo el doctorando Gachet en su tesis, es “el carácter propio de la melancolía”.
Se trata de entender la melancolía no siempre como enfermedad del alma (la lipemanía, o monomanía en que dominan las afecciones morales tristes, según la RAE). No hay pruebas o, más apropiado, yo las desconozco, de que Gachet estuviera enfermo del alma. Incluso conociendo la acusación infundada de van Gogh —una opinión— cuando, refiriéndose a Gachet, escribió a su hermano “él está más enfermo que yo, creo, o, mejor dicho, justo igual.” Pero, según lo apuntado antes, también pudo ser una variante de la atrabilis de los clásicos, es decir, una forma de tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, una falta de gusto y de diversión por las cosas. O acaso fue más simple.
El ojo que nos mira…
El significado de la expresión de la mirada del personaje retratado se atribuye al presunto estado psicológico del médico. Pero, sensu stricto, es solo —ni más, ni menos— la interpretación que el artista hizo. En una carta a su amigo Paul Gauguin (17 de junio de 1890, 40 días antes del disparo), el pintor dice: “Ahora tengo un retrato del doctor Gachet con la expresión desencantada de nuestro tiempo”. Puede ser, pero, de ser cierto, muchos tendríamos ahora —en nuestro tiempo— la mirada de Gachet pues nos ahoga el tsunami del desencanto.
Van Gogh fue el dueño de un talento genial, pero netamente insano en su etapa biográfica final o, al menos, los dos últimos años (1888-1890). Cuando retrató a Gachet. En el excepcional horno cognitivo alojado en su cerebro —donde cuajaron desde la percepción sensorial hasta la toma de decisiones—, ya se estaba cociendo, muy probablemente, la idea perversa de asomarse a la zanja sin retorno. La mirada del retratado dice lo que dice, algo que solo supo el propio Gachet, si llegó a saberlo. Estuviera sumido o no en alguna suerte de melancolía. Pero no tiene por qué ser lo que a alguien —sea un pintor genial o un simple visitante de museos—le parece u opina. Lo cual no es incompatible con la intención de reflejar lo que, honestamente, el pintor pensó plasmar en su obra.
En cuanto a nosotros, el resto de los mortales, incluidos los ignorantes, los espectadores aficionados, los expertos y los críticos de arte deberíamos recordar la recomendación que hizo el profesor Rof Carballo (Los duendes del Prado, 1990) a la hora de mirar un cuadro: renunciar a saber lo que el pintor ha querido decir. Sin menospreciar que el pintor es, en este caso, van Gogh quien, en una de las muchas cartas a su hermano Theo, dijo:
“Pero estaría más en armonía con lo que Eug. [Eugène] Delacroix intentó y consiguió en su «Tasso en prisión» y en muchos otros cuadros, representando a un hombre real. Ah, el retrato, el retrato con el pensamiento, el alma del modelo en él, eso es lo que creo que debe venir”.
Nada menos que el alma del modelo. Es un afán al alcance solo de los genios. Pero esto, aunque se haga simplemente a modo de un juego intelectual, no nos obliga a pensar en la idea del pintor, sino en la nuestra, la de los receptores del arte. Al fin y al cabo, un artista (pintor, escultor, dibujante, fotógrafo) no imagina y ejecuta sus obras solo para el cliente, el mecenas o para sí mismo, sino para nosotros, los de la “mirante turba” cervantina (El Quijote, tomo II, cap. LVI). Yo miro, yo siento, yo opino.
Todo es opinión.
Puestos a especular nos amparamos en la autoridad del filósofo y emperador Marco Aurelio (Meditaciones, II, 15). El estoico se apoyó en Menandro para asegurar, por boca del siracusano Mónimo (personaje de la comedia El palafrenero), que todo es opinión. Visto así, se puede aportar otra visión de la mirada perdida —que no desaparecida, como el primer retrato— del doctor Gachet.
Los retratos gachetianos parecen reflejar dos situaciones distintas: por un lado, el asombro del personaje expresado en el primero de los cuadros. El desaparecido. Asombro equivale a admiración o extrañeza, pero también a susto o espanto. Asombro viene de asombrar. Asombra ver la cantidad de sinónimos del verbo asombrar: admirar, maravillar, pasmar, sorprender, fascinar, epatar, alucinar, deslumbrar, encandilar, embelesar, extasiar, embobar, impactar, conmover, desconcertar, extrañar, confundir, turbar, apantallar. Por otra parte, traslucida en la segunda obra, para mi gusto la más bella de las dos, se vislumbra una suerte de paz interior, la paz consigo o la armonía con el universo interior y la empatía con el entorno. Y quizá hace parecer al modelo menos deprimente.
Se puede decir que el primer y desaparecido (secuestrado para la humanidad) retrato captó, como una veterana Nikon de colores discretos, el rostro y la mirada del doctor Gachet el día que conoció al paciente Vincent van Gogh: un artista con el mal de ojo de la insania, recién llegado al bello pueblo periparisino de Auvers. Es un documento gráfico histórico, sin duda, porque los ojos de Gachet son el espejo de la mirada de van Gogh. ¿Qué cara habríamos puesto nosotros hoy de habernos encontrado de frente con Vincent van Gogh? ¿Cómo quedaría plasmado nuestro rostro en el papel satinado de la fotografía, o en la pantalla digital del móvil? Pues, por lo menos, con cara de asombro, o de uno de sus muchos sinónimos: fascinación, embeleso, pasmo, turbación. En lenguaje de ahora, nos habríamos hecho un Gachet.
En el segundo cuadro, la mano del pintor, de forma autónoma, supongamos que ajena a lo que su cerebro pensaba captar del modelo, parece aprehender cierto grado de relajación y de calma interna del retratado. Un Gachet pre van Gogh. Un estado espiritual que el pintor anhelaría porque se anhela lo que se desea y no se tiene. Van Gogh pudo querer atrapar la serenidad que necesitaba. Aunque estuviera disfrazada de melancolía. Huyó del ruido de París para buscar la caricia de la brisa de los trigales.
El cuadro se realizó tras varios encuentros, médicos y pictóricos, de ambos personajes en el jardín de la casa del médico. En apenas un suspiro existencial hubo precedentes de miradas, conversaciones y silencios. Fue una consulta médica repetida a donde acudía un pintor enfermo y, a la sazón, también fue un estudio natural en el que el mismo médico, sin duda experto en melancolía, posó de modelo para el artista desorejado.
Es decir, el segundo cuadro del retrato doble (escrito en singular, pues es una obra de la cofradía del dios Jano), se hizo cuando el médico, aficionado a las enfermedades de los nervios asolados de algunos artistas frenéticos (hoy habría sido un psiquiatra de famosos) y buen conocedor del mundo mental turbulento de van Gogh en el inicio de la ciclogénesis explosiva, empezó a tener presente que él, el doctor Gachet, por muy melancólico que fuera o estuviera no estaba destinado aún a hundirse en la irremediable zanja de la existencia.
Se hicieron dos retratos, pero no se cavaron dos tumbas. De hecho, el destino le regaló generosamente 19 años más de vida apacible, que gastó atendiendo enfermos mentalmente insanos (ejerció durante 50 años), dibujando aguafuertes, coleccionado bellos cuadros, afanado en las tertulias con los maestros impresionistas, plantando y recogiendo flores como la dedalera, bilicroque, dedil o digital de su hermoso jardín auversiano. Sulocus amoenus horaciano. En fin, viviendo, o sufriendo, como el melancólico Durero (Figura 7), la melancolía de la existencia.

Figura 7. Melencolía I, 1514, grabado (24 x 18,8 cm) de Albert Durero. Crédito de la figura: WikiArt.
¡Ay, melancolía¡: ¡Cuánta belleza, sueños y poesías se han creado en tu nombre!