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Las plaquetas, además de formar trombos, son aspiradoras de ADN 

Prof. Doctor Agustín Muñoz Sanz / Sillón 4 de la Academia. Disciplinas Médicas (Patología Infecciosa).

Cuando uno era un joven estudiante de medicina, en los tiempos remotos en que, según Gabo García Márquez (1927-2014), “muchas cosas carecían de nombre y, para mencionarlas, había que señalarlas con el dedo” (Cien años de soledad, 1967), las plaquetas (Figura 1, centro, en amarillo) ya tenían nombre pero eran, para la ciencia y sus aprendices, unas estructuras sin la categoría de células. Eran unas simples y misteriosas partículas de la sangre.

Figura 1. Hematíe (rosa), plaqueta (amarillo) y leucocito (azul). Crédito de la figura: Wikimedia Commons.

Recordamos, para los que no fueron a clase aquel remoto día, que el núcleo es la estructura celular donde se almacena, entre otras cosas ahora llamadas biomoléculas, el ácido desoxirribonucleico o ADN (DNA en inglés), el cual contiene, en su doble hebra o escalera, toda la información genética de un individuo, sea una planta, un animal o un ser humano. Dicho en corto: el DNA es el genoma o código genético individual de cada célula viva. 

Funciones plaquetarias.

En cuanto a su función, las plaquetas de aquellos tiempos felices —que Matt Monro (1930-1985), como tantas personas de entonces y de ahora, nunca olvidó— servían solo, y nada más y nada menos, para activar la cascada de la coagulación de la sangre: una herida, por nimia que sea, activa a las plaquetas que, como bomberos voluntarios de la fisiología reparadora del cuerpo, desencadenan la dicha cascada formadora del trombo y detienen la hemorragia de forma muy eficaz, en condiciones normales. Naturalmente, el tiempo y la investigación hematológica y científica han derrotado la simpleza de la visión del muy ahora complejo asunto de la coagulación. 

Hoy se sabe que las plaquetas, además de intervenir en la coagulación, también participan en otros procesos como, por ejemplo, la inmunidad; y, en concreto, en la rama conocida como inmunidad innata, es decir, la activada por el sistema inmune en primera línea de actuación frente a las agresiones infecciosas (por ejemplo, de un virus catarral, gripal o por covid-19). Otra vez ejerciendo de cortafuego. Además, las plaquetas participan en el mantenimiento del equilibrio (homeostasis) vascular del organismo. 

Para ser tan pequeñas y huérfanas de núcleo, no está mal porque tan enrevesada misión la hace a pesar de ser la célula que tiene el honor de ser la más pequeña del cuerpo humano (2-4 micras) y la segunda más abundante (150.000-400.000 por mililitro de sangre) entre las que circulan por la sangre (Figura 2). El tamaño ahora no importa, pero el número sí. Estas células anucleadas circulan en tanta cantidad para asegurar que no ocurran hemorragias. 

Que las plaquetas no tienen núcleo y, por tanto, carecen de DNA nuclear es, como se ha dicho, una información muy añeja. Pero no es totalmente cierta. Me refiero a la carencia de DNA. Porque las plaquetas pueden ser ricas en DNA (y ARN/RNA), aunque no sea un material propio, sino de origen o procedencia ajena. ¿Cómo es posible? Porque las plaquetas tienen la capacidad de engullir o aspirar, y de transportar, el material genómico de otras células nucleadas. 

Este DNA, y RNA también, es secretado en las estructuras denominadas vesículas extracelulares (endosomas, microvesículas o ectosomas y cuerpos apoptóticos); además, también engullen o aspiran, transportan y liberan el DNA libre de células (cfDNA, por cell free DNA) ajeno a las membranas celulares. Veamos. 

Figura 2. Formación de las células de la sangre a partir de sus precursores en la médula ósea. Las células sanguíneas son los hematíes o eritrocitos, los leucocitos granulocitos (neutrófilos, eosinófilos y basófilos), los leucocitos no granulocitos (monocitos y linfocitos) y las plaquetas o trombocitos, estas últimas derivadas de los megacariocitos (rectángulo rojo). Crédito de la figura: Wikimedia Commons.

El origen de las plaquetas. 

En primer lugar, las plaquetas o trombocitos (denominados así por su papel primordial en la trombosis sanguínea) se forman en la médula ósea (el tuétano de los huesos planos y largos). Proceden o derivan de unas células progenitoras llamadas megacariocitos (el prefijo mega, de raíz griega μέγας, significa grande: recordemos que, paradójicamente, las plaquetas son las células más pequeñas). Cada megacariocito da lugar (mediante la trombopoyesis) a 5.000-10.000 plaquetas las cuales “viven” entre 8 y 12 días.  

Estas minúsculas estructuras disponen de unos canales de membrana que están conectados a la superficie (es el sistema canalicular abierto) (Figura 3). Los canales permiten internalizar (engullir) y liberar (expulsar) moléculas biológicas como los ácidos nucléicos (DNA y RNA, celular viral) del, y al, sistema circulatorio.

Figura 3. Estructura de una plaqueta. Destaca la ausencia de núcleo. Crédito de la imagen: pt.slideshare.net.

La procedencia del DNA plaquetario.

Las células corporales, de cualquier órgano o tejido, tienen una biografía propia: nacen, crecen, viven y mueren. La muerte celular “fisiológica” puede ocurrir mediante varios mecanismos, uno de los cuales es la apoptosis o muerte celular programada. Cualquiera que sea el mecanismo, el resultado final es la liberación del material (detritus) nuclear y citoplasmático. Y aquí intervienen las plaquetas: absorben el material genómico que, cuando está libre de células, se denomina cfDNA. 

El importante hecho, demostrado por un grupo de investigadores de la Universidad de Oxford, permitió detectar que las plaquetas de mujeres embarazadas sanas con bebés varones contenían fragmentos genéticos del cromosoma Y (específico del sexo masculino y, por tanto, perteneciente a la herencia genética del padre). De igual modo, han demostrado, por la presencia de mutaciones específicas, ADN proveniente de células cancerosas (páncreas, colon) y de lesiones precancerígenas (pólipos del colon). 

De este modo (el transporte intraplaquetario), se evita la destrucción masiva del DNA celular mediante algunas enzimas circulantes en la sangre (como la desoxirribonucleasa, o DNAasa). Un exceso de DNA «libre de células» es dañino: origina una activación indeseable de las células inmunes u otras complicaciones de salud. 

Figura 4. Las plaquetas secuestran el DNA libre de células (cfDNA) de la circulación. Los megacariocitos de la médula ósea (arriba, izquierda) liberan plaquetas en el torrente sanguíneo. Allí, las plaquetas se encuentran (abajo) con el DNA extracelular (fragmentos de nucleosomas unidos a las proteínas histonas) liberados por células en apoptosis (muerte programada) fisiológica: células tumorales y el DNA fetal libre. Dentro de las plaquetas (arriba, derecha), el DNA internalizado está protegido de la degradación externa por la enzima DNAasa liberando su carga de DNA tras la activación plaquetaria. Crédito de la figura: Lauren Murphy, et al. Science, 14 de agosto de 2025.

Aplicación práctica.

Decía el académico don Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) en su conferencia, luego libro, Reglas y consejos sobre investigación científica. Los tónicos de la voluntad, 1897, capítulo II, que “en la Naturaleza no hay superior ni inferior, ni cosas accesorias y principales. Estas jerarquías que nuestro espíritu se complace en asignar a los fenómenos naturales, proceden de que, en lugar de considerar las cosas en sí y en su interno encadenamiento, las miramos solamente en [sic] relación a la utilidad o el placer que puedan proporcionarnos. En la cadena de la vida todos los eslabones son igualmente valiosos, porque todos resultan igualmente necesarios. Juzgamos pequeño lo que vemos de lejos o no sabemos ver”. Pues tendremos que afinar la vista, además de aguzar el ingenio, como también nos enseñó el maestro.

Con relación al asunto que tratamos aquí, las minúsculas, efímeras y abundantes plaquetas pueden ser utilizadas como material o sustrato diagnóstico (biopsia líquida) para detectar el DNA de procedencia tumoral o pretumoral. Hasta ahora, la detección del cfDNA se hacía en muestras de plasma o suero donde, por lo comentado, la cuantía del material genómico es habitualmente escasa. Mediante técnicas de imagen y citometría de flujo, además de PCR (disponibles en muchos laboratorios), es posible detectar y cuantificar este importante material patológico, de indudable trascendencia diagnóstica. Un material que la modesta plaqueta vehicula por la sangre, a modo de caballo de Troya. Y permitirá poner nombre al problema oculto, aún sin nombrar (el tumor oculto).

Nota informativa: Además del trabajo publicado en Science, la Universidad de Oxford, patrocinadora del equipo de investigación, ha difundido un excelente vídeo explicativo en Youtube.

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