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Lo obeliscos no son solo macroagujas de piedra 

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Profesor Dr. Agustín Muñoz Sanz – Academia de Medicina de Extremadura

Cuando oímos o leemos la palabra obelisco, una voz de origen griego que significa aguja, viene a la cabeza la imagen de un monumento de piedra de sección cuadrada cuyas caras tienen forma de trapecio que son convergentes en un vértice con forma piramidal. La historia de la humanidad está sembrada de obeliscos construidos con afán de homenaje o de conmemoración. Estos monumentos florecieron en la Antigüedad. Sobre todo, en Asiria, Egipto y Roma. En la actualidad hay decenas de obeliscos ubicados en Europa y América: algunos son antiguos y trasplantados a Occidente desde su origen; otros son modernos, de nueva ejecución in situ. Nadie podía suponer que un obelisco pudiera ser otra cosa menos pétrea y minúscula y más interesante desde el punto de vista biológico.

Virus, viroides y otros entes subvirales.

Hasta hace apenas algo más de un siglo (virus del mosaico del tabaco, 1899), la comunidad científica creía que el ente microbiano más pequeño era el virus. No entramos ahora a dilucidar si el virus es un ser vivo o solo es una estructura química portadora de un ácido nucleico protegido por una cubierta o envoltura de composición variable. Las partículas víricas pueden contener ADN o ARN. Más de 200 virus hasta ahora conocidos son ARN. 

Sus genes codifican proteínas cuya misión definitiva es lograr la supervivencia del propio virus. Para ello, cumpliendo la orden escrita en el ácido nucleico, sintetizan las nuevas cubiertas protectoras y las proteínas que secuestran la maquinaria de síntesis celular para su beneficio evolutivo. El resultado es la formación de miles de nuevos viriones que repetirán el proceso buscando células eucariotas que “okupar”. Porque los virus son parásitos intracelulares obligados, verdaderos caballos troyanos que no podrían perpetuarse sin la ayuda de la célula invadida.

Obviamos ahora a los bacteriófagos (1917) o virus que infectan a las bacterias, a los plásmidos (1952) y a los priones(1982). Los últimos son unas moléculas proteicas con vocación infecciosa (causan encefalopatías espongiformes transmisibles, como el mal de las vacas locas) que juegan en otra categoría biológica. 

En 1971 se descubrieron los viroides, unos entes también más pequeños y misteriosos que los virus. Son bucles de ARN sin cubierta proteica que interactúan con las plantas, las bacterias y los animales. No se conoce si son fuente de enfermedad. Por ejemplo, modificando los genes bacterianos que, a su vez, alterarían los genes humanos o la patogenicidad de las bacterias “infectadas”. De lo que no cabe duda es que si existen es porque deben cumplir alguna misión aún desconocida para la ciencia. Más raro sería que fueran solo subproductos celulares.

Los obeliscos de ácido ribonucleico (ARN).

En estas estábamos cuando, hace apenas unas semanas, un equipo investigador de la universidad californiana de Stanford dirigido por Andrew Z. Fire, ganador del premio Nobel compartido del año 2006, ha descubierto unas entidades nuevas: los obeliscos biológicos. Para tal menester, han inventado un sistema bioinformático muy potente el cual les ha permitido analizar miles de genomas (5.4 millones de secuencias) archivados en algunos bases de datos muy acreditadas. El sistema, conocido como VNom, ha encontrado en torno a 30.000 distintos obeliscos ribonucleicos. Son secuencias de ARN, de apenas 1.000 nucleótidos o bases, que pueden originar proteínas (oblinas) implicadas en la replicación (como hacen los virus y no hacen los viroides), pero no sintetizan cubiertas virales. La función de los obeliscos es tan desconocida como la de los viroides, pero, acogiéndonos al mismo razonamiento, para algo servirán. En este sentido, algunos investigadores se preguntan si ambos entes genómicos son el origen de los virus (antecesores evolutivos) o bien son consecuencia de estos, es decir, productos virales de significado desconocido. La gallina y el huevo, o viceversa.

¿Dónde están los obeliscos nucleicos? 

De enorme interés es que los obeliscos se han detectado en bacterias residentes en microbiomas humanos: el 7% de los microbiomas intestinales y el 50% de los microbiomas orales (especialmente en la bacteria Streptococcus sanguinis) en todos los continentes. Es razonable pensar que su distribución será mucho mayor, es decir, deben de estar presentes en otros microbiomas humanos y, muy probablemente, de animales, plantas y microbiomas ambientales. Y con muy amplia ubicación geográfica. 

Se trata de un nuevo y apasionante hallazgo que indaga en un mundo de investigación de lo nano microscópico (tamaño por debajo de la micra). El cual, y esto es una gran paradoja, corre paralelo a los hallazgos encontrados por el telescopio espacial James Webb, el Hubble y otros artilugios más. Unos hallazgos que están describiendo, con enorme eficacia, la realidad del macrouniverso donde nos ubicamos. 

¡Qué dirían Demócrito de Abdera, Lucrecio, Epicuro, Newton y Galileo respecto a lo que se está descubriendo en el macro universo! Y cómo reaccionarían Girolamo Fracastoro, Anton von Leeuwenhoek, Louis Pasteur, Robert Koch y cientos de investigadores más sobre los avances del conocimiento en el universo de lo nanomicro, que ellos no conocieron en su tiempo.

Don Santiago Ramón y Cajal dijo que en la naturaleza no hay grande ni pequeño, ni principal o accesorio, que todo importa. Es la vida misma que continúa guardando secretos, como obeliscos inacabados y enterrados, aún por descubrir.


Nota: El artículo original publicado en preprint: Zheludev IN, et al. Viroid-like colonists of human microbiomes. bioRxiv,January 24, 2024. DOI:/2024.01.20.576352.

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