Al inicio de un nuevo año todos comenzamos con buenas intenciones y propósitos relacionados con la salud: dejar de fumar, beber menos, realizar actividad física o perder peso. La OMS define la obesidad como una enfermedad multifactorial, crónica y compleja caracterizada por un aumento de grasa corporal. Su diagnóstico se confirma cuando el índice de masa corporal (peso en kilos dividido por la talla en metros elevada al cuadrado) es igual o mayor a 30 kg/m2. La obesidad constituye un problema de primera magnitud y salud pública a nivel mundial, con una disminución en calidad y esperanza de vida en las personas que la padecen, y tiene un enorme impacto económico en los sistemas sociosanitarios. En España afecta al 23,8% de la población adulta. La situación es preocupante, pues si incluimos el sobrepeso (definido como índice de masa corporal entre 25-29,9 kg/m2), el porcentaje asciende al 61,6%. Con respecto a la población infantil y adolescente el reciente estudio ENE-COVID concluye que un 10,7% padece obesidad y un 30% exceso de peso. En Extremadura (figuras 1 y 2) la situación es preocupante, pues estamos por encima de la media, ocupando el primer lugar.


La obesidad como enfermedad tiene una etiología multifactorial (figura 3) con determinantes intrínsecos del individuo (causas genéticas, epigenéticas y afecciones crónicas) y extrínsecos (factores ambientales, sociales, económicos y políticos).

Pero la obesidad ¿es enfermedad porque mata? ¿También son enfermedades la soledad o el sedentarismo, que matan tanto como el tabaco? ¿O el paro y la falta de un empleo digno y de calidad? ¿Es realmente una enfermedad o la consecuencia de un estilo de vida? Se estima que alrededor de un 30% de la obesidad puede deberse a factores intrínsecos. De manera que es difícil de sostener que en la mayoría de las ocasiones sea una enfermedad, lo que explicaría la marcada variación existente en su prevalencia en función de factores socioeconómicos y/o demográficos.
Si la obesidad primaria (que no se debe a alteraciones genéticas, de las glándulas endocrinas o fármacos) fuese una enfermedad, no habría grupos de población prácticamente inmunes, como no los hay para otras enfermedades como infartos de miocardio o cáncer, aunque ni se fume ni se tengan factores de riesgo. Sin embargo, no se ven prisioneros obesos en los documentales de los campos de concentración nazis, con mucha actividad y poca comida; tampoco en los documentales de tribus de África y de la Amazonia que viven de los recursos de la selva, también con poca comida y mucha actividad. No hay obesos entre los corredores de maratón, que entrenan y corren con regularidad porque, aunque hacen grandes ingestas (unas 5.000 Kcal/día) mantienen una enorme actividad física. Si la obesidad fuese una enfermedad como tantas otras, estaría presente en estos grupos.
En la mayoría de los casos la obesidad se corresponde con un estilo de vida caracterizado por una alteración del patrón de conducta alimentaria y de ejercicio. La ingesta, el gasto energético y la genética son los tres principales factores que controlan el depósito de grasa corporal. Pero, con independencia de cuál sea el factor inicial, la clave de la obesidad está en la alteración del principio del equilibrio energético. Si un individuo ingiere más energía de la que gasta tendrá una ganancia de peso, y si gasta más calorías de la que consume el resultado será una pérdida de peso. Y, desgraciadamente, la sociedad humana camina hacia una conducta antinatural caracterizada por una reducción progresiva del movimiento y una hiperalimentación. Estos cambios, junto con el incremento de los precios de los productos frescos, frutas y verduras, tienen un impacto significativo en las clases sociales desfavorecidas y personas con menor nivel de estudio, donde la obesidad es más prevalente.
En el tratamiento de la obesidad hay que modificar las dos conductas (alimentación y actividad física) que son las más difíciles de cambiar en personas mayores de 40 años. De ahí los resultados a veces frustrantes. La alimentación porque, entre otras razones, en nuestro entorno cultural las celebraciones, que son muchas, se hacen a base de “comilonas” (navidades, fin de año, bodas, comuniones, comidas de empresas, éxitos deportivos o profesionales,…). La actividad física porque nos hemos acostumbrado a utilizar una amplia gama de artilugios para no caminar ni esforzarnos: se va a todas partes en coche, moto o ahora con patinetes. Subimos y bajamos en ascensor o en escaleras mecánicas, cambiamos de canal con el mando a distancia, llevamos la compra en un carrito, pasamos por puertas que se abren y cierran automáticamente, encargamos la comida y nos la traen a casa ya preparada, compramos con el móvil, hacemos todo tipo de gestiones en una pantalla sin tener que desplazarnos a una oficina, buscamos libros o revistas en internet, hablamos con los amigos sin salir de casa,…
Quizás por eso nunca se encuentre un fármaco curativo de la obesidad, porque generalmente la obesidad primaria no se trata de una enfermedad, sino de una conducta humana contraria al reino animal al que pertenecemos. El tratamiento farmacológico es paliativo. Los medicamentos disponibles producen reducciones de peso, pero los resultados a largo plazo no son buenos, porque o se toma el fármaco toda la vida (su principal efecto es la disminución del apetito) o se vuelve a ganar peso cuando se abandona. De ahí que convertir la obesidad en una enfermedad que requiere fármacos sea muy rentable para la industria farmacéutica. Y con ello se exime de responsabilidad a gobiernos y se menoscaba la autorresponsabilidad de cada uno en el cuidado de nuestra salud.