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Quien se hurga, expurga

Prof. Doctor Agustín Muñoz Sanz / Sillón 4 de la Academia. Disciplinas Médicas (Patología Infecciosa).

Un buen número de los seres humanos adquirimos y practicamos numerosos hábitos, ejecutados la mayor parte de las veces de forma inconsciente. No suelen pasar desapercibidos salvo para quien los tiene. No me refiero a los tics, esas contracciones musculares espasmódicas que juegan en otra liga conductual. Una persona puede rascarse la cabeza mientras lee o ve la tele, o hacerlo en otro sitio sin que necesariamente le pique, o masajearse el lóbulo de la oreja derecha en determinados momentos. También, por ejemplo, puede hurgarse (escarbarse con el dedo índice) la nariz. Un hábito primate feo, poco higiénico y no recomendable.

Usted —probablemente— no se hurga, pero es una actividad bastante común en el resto de la humanidad, sin distinción de edad, sexo, raza, creencias o nacionalidad. En una encuesta anónima realizada a mil personas del estado norteamericano de Wisconsin, respondieron doscientas cincuenta y cuatro (25%). El noventa y uno por cien de los respondedores reconocieron que se hurgaban la nariz con frecuencia; y, el 1,2%, lo hacían al menos una vez cada hora. Algo parecido ocurrió en una entrevista a doscientos niños de cuatro escuelas de la India (los pequeños hindúes son unos auténticos “hurgones” pues se escarbaban cuatro veces al día de media. Poco parece). 

A pesar de su mala prensa, hurgarse, mola. Pero, como en todo, cuando el diseño del hábito supera a las hechuras del monje, puede dejar de ser un asunto intrascendente para convertirse en un problema. En cuanto al hurgamiento, puede ser de orden psicológico o psiquiátrico. Entonces no se habla de hurgarse la nariz como hábito o acción de aligerar la fosa nasal de bichos, entendiendo por tales los pedazos de moco seco, o casi, plagados de esporas, polvo y microbios, sino de un trastorno más profundo denominado rinotillexomanía: hurgarse de forma compulsiva, como si no hubiera un mañana. El raro vocablo existe para la ciencia desde 1995.

La “rinoti” (así es más fácil de recordar) define un trastorno asociado a numerosas patologías psiquiátricas (psicosis, neurosis, trastorno bipolar…) en parecida línea con lo que ocurre con otras perturbaciones como la tricotilomanía (arrancarse los pelos), la onicofagia (comerse las uñas), la geofagia o pica (comer tierra y otras sustancias) y algunas más. Pero no nos ocupa ahora este asunto, sin duda interesante, que es cosa de especialistas más cualificados. Volvemos al modesto, y poco estético, hábito de hurgarse la nariz. 

Las fosas nasales (FN) no son simples orificios por donde entra y sale el aire que respiramos. La nariz es un espacio físico y anatómico complejo, un ecosistema dueño de un microbioma (microbiota y sus genes) propio, lugar de paso del polvo, el polen, los microbios, los microplásticos y todo lo que flota en el aire ambiente donde uno habita, o por donde se mueve: pensemos en las diferencias cualitativas entre un bosque de aire casi puro en la montaña suiza, un estadio futbolero alemán de la Eurocopa o una discoteca de Magaluf a las cuatro de la mañana y abarrotada de brexintelectuales. Simplificando mucho la descripción, en las FN existen cilios y células secretoras de moco o flema. Se comprende que el moco, un compuesto complejo en su composición, retenga en la nariz (es una de sus funciones clave) muchos de los microbios procedentes del exterior, amén de los bichos ya residentes en el local, verdaderos okupas evolutivos que conforman el microbioma nasal. 

La nariz, un apéndice facial de vanguardia, se puso de moda durante el comienzo de la pandemia de coronavirus con la aparición de la hiposmia y anosmia (poca o ninguna capacidad olfativa) causadas por las variantes coronavíricas de la era pre-ómicron. La nariz se hizo famosa antaño gracias a la napia de la bella reina Cleopatra (siglo I a. C.), la reivindicó, portándola, el libertino Cyrano de Bergerac y la poetizó don Francisco de Quevedo en su superlativo soneto satírico “A una nariz”. Y también está muy estudiada en el mundo infectológico actual por ser la vía de entrada de multitud de microbios patógenos que causan infecciones respiratorias (gripe, covid-19, neumonías de etiologías varias), neurológicas (meningitis, encefalitis), sistémicas (tuberculosis) e infecciones locales (lepra, sífilis, leishmaniosis). La lista de los microbios que trascurren por el pasaje turbinado de cualquier nariz es muy larga, incluso en los chatos y chatas. Pero no solo actúa como si fuera el túnel de Miravete por donde circula el variopinto tránsito microbiano. La nariz, con su necesaria aportación al sistema olfatorio es, desde el inicio de la evolución, una vía de acceso directo que pone en contacto el mundo exterior con el sistema nervioso central: es el sustrato anatómico y funcional del imprescindible sentido del olfato. Pero hay, o puede haber, más.

Un grupo de investigadores propusieron en octubre de 2023 (con un antecedente en 1995) una interesante y atrevida hipótesis patogénica. La propuesta es bastante razonable y, en mi opinión, resulta al menos curiosa: la nariz puede ser la puerta de entrada de los microbios y causar una inflamación a nivel neurológico (neuroinflamación). Un fenómeno ya demostrado en 2022, de forma muy elegante, con el SARS-CoV-2 en un modelo animal. En los casos de covid-19, el coronavirus puede llegar al cerebro por vía hematógena (vehiculado por los leucocitos), por vía endotelial o por vía axonal retrógrada desde la nasofaringe (nervio y bulbo olfatorios) hasta las áreas específicas y especializadas del cerebro. 

En relación con el acto de hurgarse la nariz, la neuroinflamación y la neurodegeneración puede implicar a diversos microbios que pueden aprovecharse del hábito. Pero tal vez la estrella es el estafilococo dorado (Staphylococcus aureus), un habitante habitual de la piel y mucosas, entre ellas la nasofaríngea, cuya implicación en la patogenia de la enfermedad de Alzheimer (EA), vía beta amiloide, es conocida por los investigadores del Alzheimer.

Como consecuencia, se provoca una respuesta con alteraciones moleculares, bioquímicas y celulares. La respuesta es un factor más para sumar a la compleja patogenia de la enfermedad de Alzheimer, todavía no dilucidada por completo. La EA es un mal catastrófico que anula la vida del sufriente (unos 800.000 españoles, más de 55 millones en el mundo) y su entorno familiar, social y laboral. Recordamos que ocurre cuando se depositan en las neuronas de determinadas regiones del cerebro unos ovillos neurofibrilares a partir del precursor, la proteína Tau hiperfosforilada, y también numerosas placas seniles del péptido beta amiloide. Son un ejemplo paradigmático de alteración de la denominada proteostasis, o el equilibrio de las proteínas, es decir, del deterioro de la capacidad de la célula para mantener plegadas y funcionales las proteínas que fabrica, un proceso ligado a la edad y que interesa a los investigadores del envejecimiento humano centrados en el análisis de las denominadas señales, señas, marcadores o signos del envejecimiento. La EA, en alguna de sus formas clínicas también está íntimamente relacionada con la vejez, siendo un suceso patológico nefasto y terminal que distorsiona el funcionamiento normal del cerebro, anulando la memoria, la capacidad cognitiva y otras funciones que nos definen como personas autónomas. Con capacidad de hurgarse la nariz, aunque sin caer en la rinotillexomanía que puede agujerear el tabique nasal. 

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