Prof. Doctor Agustín Muñoz Sanz / Sillón 4 de la Academia. Disciplinas Médicas (Patología Infecciosa).
La adolescencia y la juventud son dos etapas del mismo proceso (el crecimiento o, si nos ponemos en lo peor, el envejecimiento) del ser humano. La juventud se puede apreciar como un divino tesoro (Rubén Darío: “Canción de otoño en primavera”, en “Cantos de vida y esperanza”, 1905) o como una “enfermedad” que se cura con los años, como dicen que dijo George Bernard Shaw. Pero de lo que no cabe duda es que se trata de una etapa incierta para la salud mental, quizá como contraparte a la habitual buena salud física. En este sentido, la adolescencia es una etapa de remodelación estructural del cerebro cuya plasticidad se ve influenciada por factores ambientales. El volumen y el grosor de la corteza cerebral alcanzan su cénit durante la infancia, disminuyen de forma lenta, pero progresiva, durante la adolescencia y sigue su pendiente cuesta abajo durante el resto de la vida.
En la adolescencia ocurren cambios emocionales, de conducta y de adaptación social. Es el tiempo de la autoafirmación, de la confianza en uno mismo y del autocontrol. La edad del pavo se puede convertir en el desafío del gallo peleón. En paralelo, algunos jóvenes pueden desarrollar problemas psicológicos o psiquiátricos. Las chicas parecen más vulnerables y diana preferida de la ansiedad, la depresión y los desórdenes conductuales. El estrés prolongado, cualquiera que sea su desencadenante (afectivo, escolar, ambiental, familiar), afecta a ambos sexos y suele ser el comienzo de problemas mayores ubicados en la órbita neuropsiquiátrica.
Una forma de estrés ambiental se vivió con el prolongado confinamiento impuesto al comienzo de la pandemia coronavírica. Las consecuencias de la pandemia de covid-19 se van calibrando a medida que pasa el tiempo, aunque la infección en verdad sigue aún activa, pero sin el agravante del encierro. Los aparatosos datos de los dos primeros años, antes de la vacuna, referidos al número de infectados, ingresos en hospitales y tasas de mortalidad han dominado la escena estadística, epidemiológica, clínica y mediática. Poco a poco, un problema inesperado comenzó a tomar carta de naturaleza. Ocurrió mientras la pandemia parecía estabilizarse, y luego comenzó a descender a pesar de las sucesivas olas de variantes que empinaban hacia arriba, puntualmente, la curva de las gráficas. Me refiero a las secuelas de todo tipo que se denominó covid prolongado (Long covid, en inglés), secuelas post-covid, covid crónico, covid de larga duración y varias formas más por iniciativa de los propios afectados y ante la carencia de un nombre oficial.
Pero no solo ocurrió lo resumido más arriba, una asamblea de problemas sanitarios, sociales, económicos, políticos y psicológicos. Ahora acaba de comunicarse un asunto más, sin duda de gran interés: el cerebro de muchos adolescentes parece haber disminuido de tamaño por adelgazamiento de la corteza cerebral, hasta el punto de envejecer varios años. Un grupo de investigadores de la Universidad de Washington ha analizado, mediante técnicas radiológicas, el tamaño cerebral de una cohorte de 160 niños y adolescentes. Hicieron las primeras Resonancias Magnéticas (RM) durante el año 2018 (prepandemia), cuando los mozalbetes de la cohorte tenían entre 9 y 17 años. En 2021, tras pasar por un periodo de estrés (pandemia, encierro, mascarillas, familiares y conocidos enfermos, ídem fallecidos, vacunas, presencia mediática agobiante del problema, incertidumbre, miedo al contagio), 130 (81,25%) de los chicos inicialmente estudiados acudieron para una segunda ronda de RM (el año 2020 fue inválido a efectos del estudio). Además de los datos esperados de la morfología propia de los cerebros adolescentes, algo llamó la atención de los investigadores: el adelgazamiento de la corteza cerebral. En realidad, el asunto no era nuevo (estudios previos). Lo novedoso fue que la cohorte analizada estaba formada por jóvenes de ambos sexos y había diferencias notables. El asunto que destacó es que la corteza cerebral de las niñas adelgazó mucho más que la de los niños. Las diferencias fueron cualitativas y cuantitativas.

Figura 1. Regiones cerebrales con adelgazamiento cortical significativamente acelerado en el cerebro adolescente post-covid-19. Las regiones con adelgazamiento acelerado en el cerebro femenino (A) y el cerebro masculino (B) se muestran en color, con notables diferencias espaciales entre ambos sexos. Los datos se superponen en el cerebro (gris) de la muestra adulta de FreeSurfer. Crédito de la figura: Corrigana NM, et al. PNAS 2024.
Las niñas perdieron volumen en todas las áreas cerebrales estudiadas (30 zonas en total, en ambos hemisferios), aunque algunas (Figura 1) sufrieron más (ínsula izquierda, fusiforme bilateral y giro temporal superior); es decir, las áreas cerebrales implicadas en el procesamiento de las emociones, el reconocimiento de los rostros y las expresiones faciales y la comprensión del lenguaje. Por su parte, los varones mostraron signos de adelgazamiento corticocerebral en solo dos áreas (región occipital) implicadas en el procesamiento visual.
Al cuantificar en años el envejecimiento de los cerebros infanto-juveniles, el adelgazamiento cerebral femenino simulaba el cerebro propio de personas con 4,2 años más de edad cerebral, en tanto que en los varones fue de 1,4 años. Este sorprendente hecho hizo expresar a una de las investigadoras, entrevistada por el The New York Times, que una niña que llegó a los 11 años (en 2018) y volvió a repetirse el estudio radiológico a los 14 (en 2021), tenía el cerebro propio de una joven de 18 años.
El curioso fenómeno se trata de explicar como una respuesta al aislamiento social, más notable en las féminas porque suelen socializar más que los varones. La buena noticia es que no parece ser un problema de naturaleza irreversible, pues cabe la posibilidad de una readaptación tras normalizar la situación que generó el problema (cuando se escribe este artículo, en la mitad de septiembre de 2024), se desconoce, o desconozco, si es así.
El estudio ha sido criticado por las numerosas limitaciones que ofrece (algunas reconocidas por los autores): diferentes subconjuntos poblacionales, falta de evidencias que respalden la causalidad del aislamiento social o la posibilidad de que se trate de cambios adaptativos y no patológicos. Aun así, impulsa a pensar que el virus pandémico todavía vigente, que tanta apetencia anatómica ha demostrado por el cerebro, puede provocar también problemas neuropsicológicos ajenos a una acción directa neuronal. A factores ambientales.
Dicho de otro modo, covid-19, la pesadilla pandémica, es mucho más que una simple infección respiratoria catarral que hace moquear al niño o la niña. Rubén Darío poetizó: “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro… y a veces lloro sin querer…”. Pero el llanto no es siempre por depresión. A pesar de que la amorosa mamá pueda decir al desocupado marido: “Pepe, me parece que la niña está depre”.
Nota referencial:
- El artículo original, publicado en Actas de la Academia Nacional de Ciencias es el siguiente: Corrigana NM, Rokemb A, Kuhla PK. COVID-19 lockdown effects on adolescent brain structure suggest accelerated maturation that is more pronounced in females than in males. DOI: https://doi.org/10.1073/pnas.2403200121.
- La referencia del The New York Times es: Ellen Barry. Teen Girls’ Brains Aged Rapidly During Pandemic, Study Finds. September 9, 2024.