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Un prion no es un virus, pero también contagia

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Por Prof. Doctor Agustín Muñoz Sanz – Disciplinas Médicas (Patología Infecciosa).

Un prion (compuesto nominal de dos sustantivos: pro de proteína, e ion de infección) es una proteína anormal (mal plegada) que causa daño a las neuronas y tiene capacidad de transmitirse por diversas vías. En 1982, Stanley Prusiner (82 años, Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1997), un neurólogo de la universidad de California en San Francisco (UCSF), identificó por primera vez los priones como causa de la encefalopatía espongiforme bovina y de la enfermedad de Creutzfeldt-Jacob (ECJ) humana. La enfermedad neurológica ocurre cuando hay acumulación de una forma anormal de la proteína priónica (PrP) expresada en condiciones fisiológicas.

Los priones son causantes de diversas enfermedades neurológicas (neurodegenerativas) en los animales mamíferos. Los ejemplos más representativos en los humanos son la ECJ y el kuru de los caníbales de New Guinea, la tembladera (scrapie, en inglés) en las ovejas y cabras, y la caquexia crónica en los cérvidos. En cuanto a la enfermedad humana ECJ, se puede presentar en tres escenarios distintos:

1. Por contagio a través de la sangre (transfusiones) o de instrumentos quirúrgicos (cirugía, autopsias, trasplantes) o por el consumo de carne “contaminada”. Es la variante yatrogénica o adquirida de ECJ. Supone menos del 1% del total de casos diagnosticados. 

2. Por una mutación genética que se hereda con carácter autosómico dominante (50% de los herederos afectados). Son un grupo de enfermedades raras o muy raras (unos 50 casos anuales) como la ECJ, el insomnio familiar fatal o el síndrome de Gerstmann-Straüssler-Schinker. Es la forma genética o hereditaria (10% de los casos). 

3. Por una mutación espontánea de carácter esporádico, la más frecuente (450-500 casos anuales). Es la ECF esporádica (90% de los casos).

El diagnóstico de las enfermedades por priones es relativamente complejo (menos donde hay experiencia), tras descartar razonablemente otros procesos más comunes. Se fundamenta en la sospecha clínica y epidemiológica, la resonancia nuclear magnética (RNM; la TAC no ayuda mucho, salvo para descartar otros diagnósticos), el electroencefalograma (EEG), con un perfil diagnóstico bastante específico, el estudio del líquido cefalorraquídeo (LCR) en busca de determinadas proteínas y el estudio tisular mediante biopsia cerebral o autopsia (estándar de oro). En familias con historia de enfermedad por priones, puede ser útil determinar la mutación del gen PRNP. El primer paso para el diagnóstico es pensar en la dolencia y, para la ECJ, puede ser válido aplicar los criterios de la OMS. En los humanos, cuando hay un cuadro neurodegenerativo abigarrado de evolución progresiva que puede confundirse con otros cuadros de etiología muy diferente, pero con manifestaciones clínicas compartidas. Pensemos en el Alzheimer, en la enfermedad de Parkinson o en la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA).

El pronóstico es siempre muy grave, pero parece que puede haber ciertas esperanzas. Hasta hace poco, la existencia de una enfermedad por priones era mortal de necesidad, tras una evolución más o menos prolongada de deterioro neurológico progresivo. Ahora, después de varios años de investigación, se ofrece un panorama menos terrible, aunque aún preocupante. 

Respecto al tratamiento, nuevas noticias. Algunas multinacionales de farmacia están experimentando nuevas moléculas en animales (ratones, ovejas) y en humanos. El punto común de todas (al menos, tres fármacos) es impedir que la proteína PrP normal, o funcional, derive en una proteína anormal. Lo cual detiene el proceso neurodegenerativo que causa la muerte de las neuronas. Hay varias opciones.

Una de estas moléculas es conocida como ION717. Se trata de un fragmento de ácido desoxirribonucleico (ADN) sintético. Se denomina oligonucleótido antisentido. Su función es destruir el ácido ribonucleico (ARN) mensajero (ARNm), el cual codifica la proteína anormal que causa la enfermedad. En forma gráfica, el ION717 impide el plegamiento de la proteína funcional que provoca el daño neuronal. Hay otras opciones en investigación, aunque menos desarrolladas todavía. 

Respecto a las perspectivas de futuro, no todo es de color verde esperanza por diversas razones:

1. Otros fármacos utilizados en la enfermedad de Huntington y en la ELA han fracasado.

2. La administración del ION717 es por vía intrarraquídea, lo cual obliga a punciones lumbares (PL) repetidas (la PL es la misma técnica que se hace para diagnosticar las meningitis: un pinchazo en la espalda).

3. No se alcanzan los mismos niveles terapéuticos en todas las áreas cerebrales. Naturalmente, esto es un problema.

4. Por otra parte, el fármaco, si se comercializara, será muy caro. Un producto similar utilizado en el tratamiento de la atrofia muscular espinal cuesta en torno a 750.000 dólares el primer año de tratamiento y unos 350.000 anuales las dosis sucesivas.

4. Además, este es el comienzo de una aventura no terminada aún: hay que ir más allá en la investigación porque el bloqueo de la proteína funcional para que no forme pliegues puede ser insuficiente para evitar el desastre. 

El futuro dirá.

NOTA: El artículo de Meredith Wadman que sirve de base a este comentario (Foiling Deadly Prions) está publicado en Science el 22 de marzo de 2024.

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